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martes, 13 de abril de 2010
domingo, 11 de abril de 2010
ABRIL.
Yo amo este jardín donde se tejen telarañas
y una impalpable seda,
de silencio
de luz
y de viento en espera.
Yo amo este jardín
de redes y sombras
en donde se oye, como en una cantinela,
un rumor de insectos
tocando un blues de alas.
Este jardín
que, cual alfombra persa,
piso una y otra vez
como si regresar
a estas calles cerradas
y a estas flores abiertas,
fuera mi único destino.
y una impalpable seda,
de silencio
de luz
y de viento en espera.
Yo amo este jardín
de redes y sombras
en donde se oye, como en una cantinela,
un rumor de insectos
tocando un blues de alas.
Este jardín
que, cual alfombra persa,
piso una y otra vez
como si regresar
a estas calles cerradas
y a estas flores abiertas,
fuera mi único destino.
viernes, 9 de abril de 2010
jueves, 8 de abril de 2010
ABISMOS A MIS PIES (Continuación).
Observando atentamente la fotografía y mirando en esa blanca cabellera, me viene por última vez una remota evocación a la cabeza.
Cuando yo era niña, y nos quedábamos mi abuela y yo solas en en la casa, a veces trepábamos al terrao como dos abejas libando entre la corola de aquella vieja vivienda de varias plantas. Un hogar viejo como el mismo tiempo. Ella se sentaba en una silla baja de anea, se deshacía el rodete de la cabeza y dejaba caer su pelo plateado sobre la espalda, y yo de pie, detrás de aquel asiento enano, y a mitad camino entre discreta y tarabilla pero con aquellas dos trenzas oscuras desplomadas también sobre mi espalda de niña, le alisaba su larga melena con el peine mojándolo en agua de colonia y luego de mimar durante un rato su extensa cabellera le hacia su trenza y cuando yo finaliza el ritual, la abuela se la enroscaba en su nuca con esa habilidad que dejan tantos años cumpliendo con los mismos hábitos personales. Después se colocaba sobre el pelo dos peinetas de concha fina, una a cada lado del rodete.
Pero en alguna ocasión, contemplando aquella escena rutinaria a su espalda, yo pensaba que tal vez, mi vieja abuela, debió ser hermosa y joven antes de ser una anciana de ojos extenuados y mirada meditabunda. Unos ojos aquellos, clavados, al norte de un rostro hecho trizas y eternamente contrariado.
Sin embargo, como mi vieja solo hablaba lo estrictamente necesario, terminado aquel ritual de pulcritud, mirábamos absortas el valle imponente que había bajo el terrao y los cerros cercanos que amurallaban el pueblo. Después oteábamos plenamente el sur y aquella línea inaccesible del horizonte que a veces nos dejaba divisar las costas de África y algún barco navegando a través del mar. Y detrás de aquella estela que dejaban los barcos, se marchaban, nuestros ideales de pájaros en libertad. En fin , cada una de nosotras huía de aquel fango que nos recubría, a su manera.
Cuando por distintas circunstancias madrugábamos más de lo habitual, por el Este, detrás de los montes, veíamos nacer el sol. Entonces, aquel cielo del amanecer se iluminaba de color naranja y los cúmulos de nubes que remontaban las montañas, se eclipsaban en le centro del nublado y por el contrario, los filos de las nubes, se silueteaban de aquel tono anaranjado.
Debajo del nublado, el ribete de la montaña parecía una línea recortada y dibujada bajo el cielo del amanecer. Mi abuela y yo mirábamos embelesadas la carga dramática y fascinante de ese misterioso cielo, que le imprimía tal belleza al pueblo, que nos hacía palpitar el corazón y a mi abuela además, abrir de par en par sus ojos azules. Realmente contemplábamos, como dos ilusas, el único infinito que ponía Dios a nuestro alcance.
miércoles, 7 de abril de 2010
ABISMOS A MIS PIES. (Continuación)
A voz de pronto, que una anciana muerta hace veinte años censure sin más, esta lengua diabólica soltándose a través del espacio cibernético, he de reconocer, que tal reproche, podría conseguir que a partir de ahora me surjan dudas para prolongar este propósito de descubrir mis insólitos recuerdos a través de Internet. Pero empecé un viacrucis hace meses y pienso vaciar esta memoria y recorrer cada una de sus estaciones hasta completar todas las etapas. Aunque si alguien quiere formarme un consejo de guerra por este asunto, puede empezar a trazar, desde ya, ese plan miserable para que la justicia me meta rápido, y bajo llave, en algún calabozo.
Estoy viendo, que mi abuela, con ese olfato que poseía para comprender algunas cosas, y en vista de que no pienso deponer mi firme actitud de exteriorizar mi historia; que esa anciana salta de nuevo con su clamor, desde el retrato, insinuándome, que esta mañana de meditabundo otoño me parezco a un escarabajo pelotero que disfruta arrastrando la inmundicia bajo sus patas. Reconozco que la comparación es harto ingeniosa y me sonrío por lo bajo. Que le vamos hacer, los fantasmas del cuarto hoy se alzan contra mí, con brazos, manos, rostro y mensajes de cordura. Tal vez mis parientes se levantan contra mí persona, con el propósito de lanzar al aire sus propias señales de humo, dejando en esa estela su oportuna defensa.
Sin embargo cuando el silencio lo vuelve a cubrir todo en el cuarto donde yo trabajo, la cara rígida de mi abuela paterna, su pelo níveo y su abnegado y dúctil rostro me mira bendito como lluvia caída del cielo. Realmente en esa instantánea fotográfica, sin duda piensa, porque tiene su mano izquierda sujetándose un lado de la barbilla y sus ojos postrados mirando al vacío. Ella era una mujer muy reflexiva y sus posturas las de una persona absorta en su tremendo mundo. Pero, carajo, también fue una mujer sumisa, y doblegada, por la mala uva de mi abuelo. Ese prohombre, al que alguna vez, alguien, debería haber condecorado por cobarde.
lunes, 5 de abril de 2010
EL IDIOMA DE LAS TÓRTOLAS.
Deseó acariciar
aquel dorso blando y suave
y lo recorrió con sus dedos
como si caminara de puntillas.
Extenso campo de mansa hierba,
imagina,
por donde su su aliento volaba
tan obediente,
como sus rendidas manos.
A tientas, se anida,
entre la madeja misteriosa de unos brazos
y de una boca, ansiosa de otros labios.
Su cuerpo de aire
rodaba bajo un cielo púrpura,
pero hundido entre el rumor del alma
y el ocaso de la tarde.
aquel dorso blando y suave
y lo recorrió con sus dedos
como si caminara de puntillas.
Extenso campo de mansa hierba,
imagina,
por donde su su aliento volaba
tan obediente,
como sus rendidas manos.
A tientas, se anida,
entre la madeja misteriosa de unos brazos
y de una boca, ansiosa de otros labios.
Su cuerpo de aire
rodaba bajo un cielo púrpura,
pero hundido entre el rumor del alma
y el ocaso de la tarde.
domingo, 4 de abril de 2010
ABISMOS A MIS PIES (Continuación)
Mi abuela paterna al lado derecho del portarretratos hierve de cólera indignada de ver la historia tan distorsionada que cuento, y por lo que veo, con la que no está en absoluto de acuerdo. Así que de pronto comienza a mover los labios, como hablando para ella, entre dientes. Una habilidad autómata, engendrada, bajo la autocracia que le impuso la tiranía del machito de mi abuelo.
Detrás del cristal del portarretratos, parece un dibujo animado haciendo muecas de estupor y de enojo. A mi anciana abuela por fin le sale fuera del retrato la voz cansina y dura y aquel pensamiento coherente del que era dueña. Mi queridísima abuela, me pide, en estos momentos, que no diga barbaridades a destajo.
_Niña esa descripción de los hechos es tan retorcida que te dará dolor de cabeza además de considerables remordimientos.
Desde que murió primero mi madre y años más tarde mi abuela paterna, por turnos, las dos se convirtieron en el Pepito grillo de mi conciencia, por otro lado, un ente casi incontrolable.
_ Pero niña porque hablas esos disparates_ me dice llevándose sus dos manos a la cabeza. Por lo que yo recuerdo tu abuela materna te quería. Vamos que si te quería. Ahora mismo, deja de decir tonterías que suenan a maldades y bosquejos de maltrato.
Y en mi boca resentida se me cuela de pronto la reprimenda tal como si fuera una abeja enfurecida picando para hacerme daño.
_Maldita seas niña_ denuncia entre dientes. No ves que la infelicidad entonces nos arruinaba la vida. Crees que estaban aquellos tiempos para golosinas, balbucean sus frustrados labios.
Cuando ella acaba su pelea conmigo, yo me muerdo también mis resecos labios frente a ese retrato que de repente ha cobrado unos segundos de vida, e imagino, ese supuesto imposible, de que alguien, en aquel tiempo de pegajosas moscas, de azada y de ausencia de abrazos, me hubiera alcanzado la luna y me la hubiera puesto, como un pan tierno, bajo el brazo.
ROSTRO CON PAISAJE
Densas sombras violáceas
modelan la aureola de sus ojos.
Sombras, que hacen su mirada
algo más profunda y su pensamiento, más inaccesible.
modelan la aureola de sus ojos.
Sombras, que hacen su mirada
algo más profunda y su pensamiento, más inaccesible.
lunes, 29 de marzo de 2010
ABISMOS A MIS PIES (Continuación)
Cuando mi abuela materna sacaba la rasera para medirse con los demás se comportaba lo mismo que un arco muy tensado, y aquellas flechas empitonadas, salían de su boca, forzadas, por un nervio imparable que disparaba en numerosas direcciones y frenaba, segundos después, en todos los blancos desplegados en su punto de mira. A su alrededor, absolutamente todas sus paranoias, tenían que funcionar a golpe de autoridad, zumbidos de voz y mano dura. Mi abuela, sin duda, era recta como un bastón de mando y tenía tan malas pulgas que sus dos manos, se mantenían, tan huesudas como férreas.
En realidad debería pasar de escribir toda esta basura. Debería pasar de remover en esa podrida pocilga que huele literalmente a mierda, pero esta refriega matutina lanzada a la red sin esperanza de respuesta alguna, me desahoga mucho y es probable que hasta me haga feliz por el servicio terapéutico que me presta, a cambio, absolutamente, de ningún esfuerzo por mi parte.
El año siguiente al fallecimiento de mi madre yo vomitaba todo lo que comía. Y de la escuela, mis bragas y leotardos, llegaban a la casa, embarrados de orines y mierda. Jamás olvidaré aquellos sórdidos y vergonzosos días.
Sin embargo, la comida que vomitaba sobre el mismo plato donde comía, mi diminuta abuela, me la hacía tragar de nuevo en aquel instante y si algún día me dejaba el almuerzo a medias, la guardaba impasible para el otro día. Pero si era verano, como entonces no había nevera, por más que el plato fuera a parar al alfeizar de la ventana y al fresco de la noche, a otro día me comía el potaje agrio. ¡Tenía redaños! mi vieja.
Pero, cuando llegaba de la escuela embarrada en mi propio lodo, lo primero que hacía era baldearme a barreño limpio, como si la superficie de mi trasero hubiera sido el espacio sucio de un patio enlosado. Me echaba el agua por encima de los cachetes del culo, lo mismito que si me hubiera caído por la superficie delicada de mi piel de niña, una caricia helada. Y al punto de dar por terminada la refriega, cobraba de cachetazos en el culo echada boca abajo sobre sus piernas y, cada vez que me soltaba uno, arrojaba al espacio de aquella enorme sala, convertida en cocina-comedor, la cólera de verse avergonzada por mi conducta indigna, llevada a cabo en un lugar tan sagrado, como lo era entonces la escuela.
-Cuando crezcas me lo agradecerás, decía. Yo en mi interior la maldecía igual que si me hubieran pinchado con el huso envenenado de una rueca. !Huy! cuanta humillación y cuánto dolor innecesario.
El resentimiento hacia mis congéneres, por aquel tiempo, trepó por la boca del estómago hacia fuera, y como las plantas, solo se detuvo lo justo para hacer un paréntesis y arrancar los pétalos de rosa, que de vez en cuando, me ofrecía, la cruda realidad.
El resto de uno de aquellos días, de lazos hogareños y de atracón de parientes, se sucedía como puro resultado de aquel derramamiento de fuerzas.
jueves, 18 de marzo de 2010
ABISMOS A MIS PIES (Continuación)
Detrás del cristal del portarretratos, los rostros venerables de mis dos abuelas tienen el aspecto de estar muy ajados aunque parezcan vivos. Pero además, de esa tez ajada, de esos dos rostros resecos, mana, una cálida intimidad como si los desnudara delante de mis ojos cada vez que los miro. Es una nostalgia morbosa que me trae la media luz de la habitación en donde escribo. Aquel mundo intranquilo de la infancia, que siempre desee perderlo de vista y de la memoria, se comporta, a menudo, como un imán de cuyo poder no puedo ni quiero despegarme por ahora. Su confuso archivo siempre está dispuesto para abrir esa colección de indescifrables páginas.
La fotografía de mi abuela materna es una fotocopia en blanco y negro.
El duplicado, lo saqué de un libro, que circula desde hace cuarenta años por las bibliotecas de la provincia. El libro es una publicación sobre los pueblos de la sierra. El estudio antropológico, creo recordar, lo elaboró un investigador de los países Bajos. Cada equis páginas, aparece una fotografía a gran tamaño con las gentes rudas del lugar. Al parecer, mi abuela materna, era un buen prototipo de lugareña.
La anciana sale en el retrato, pelando patatas, con un cuchillo cogido en una mano y en la otra tiene una papa pelada y blanca y, por encima del dorso de su mano derecha, cae en espiral la peladura de la patata, suspendida pero a punto de romperse. Ella mira desafiante a la cámara con sus rasgos duros, sus muchísimas arrugas y sus ojos consumidos por los años, el trabajo y las desgracias. Pero a pesar de esa tremenda vejez que denota su cara, en esa instantánea, mi abuela tendría escasos setenta años. En el retrato tiene puesto un vestido negro, tal como vestían todas las ancianas de mi tierra. Está huesuda y sus brazos, que asoman desde las mangas del vestido, codos abajo, son dos carrizos de piel plegada y huesos.
Mi abuela materna era pequeña, tenía joroba y mucho carácter. La joroba le salió, según oí una vez cuando era joven, después de caerse del lomo de una bestia encabritada. Aquel batacazo le tronchó su espalda.
Aquella anciana se parecía a la madre Teresa de Calcuta. Sin embargo, mi predecesora, se alimentaba a diario con una considerable mala uva. Aunque pensándolo bien, mi malhumorada abuela, cocinaba como una monja de clausura y sus guisos sabían a gloria del cielo. Pero era una mujer tan rigurosa y extremada, que acababa asfixiando la condición bonachona de mi abuelo, su marido. El viejo, era su principal peón. El miembro más apacible de la familia y el que mejor bailaba al ritmo marcial de la percusión que tocaba, continuamente, mi abuela materna.
Cuando murió mi madre, su carácter autoritario engordó hasta el infinito. Su desconsuelo lo transformó en un escozor que estaba presente en casi todos sus actos. Aquel primer año lo pasé a su lado. Un calvario que no pude tragar por aquella boca diminuta de criatura enclenque y muy poca cosa.
Su gran potestad era infinitamente superior a mi tragedia. Volví al pueblo como una muñeca estropeada y pasé de una vieja a otra vieja, como si hubiera saltado de casilla en el juego de la oca.
El mundo era entonces muy viejo, muy traicionero, miserable y dramático como si alguien lo hubiera derribado, tan a mi lado, que me hizo perder en un pis, pas, la inocencia y las risitas bobaliconas de los niños mimados por sus progenitores.
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