Seguidores

miércoles, 1 de septiembre de 2010

AL BORDE DE LA PERFECCIÓN.

SER PRELUDIO Y RAZÓN.

Auxiliar la llamada de alguien
que golpea en tu puerta.
Escuchar ese remoto tiempo
que en un instante se tritura.
Atrapar minúsculas gotas de agua pulverizada.
No faltar a esa cita de amor con la s estrellas.
Y apartada en un rincón, 
susurrarle a la noche
que el cielo
suelte borbotones de brillos,
cual si el reino celestial hirviera sobre un fuego.
Ahuyentar a la muerte.
Ese bloque insalvable
de craso espesor.
Primicia y final inamovible,
que estrangula esta poderosa creación
que se clavó, un día, dentro de estos ojos
oscuros como el firmamento.

viernes, 20 de agosto de 2010

VERANO EN EL JARDÍN.






ABISMOS A MIS PIES....


         Pasados esos segundos de lluvia de impulsos insensatos, mi sentido común me dicta, que este hombre es por defecto de forma otro árbol caído. Y probablemente su mente y su cuerpo guardan silencio desde hace años para no ver lo que tiene delante y para no recordar lo mucho que perdió porque le haría daño y sufriría el mismo desgaste que soporto yo. Quizá gritaría también la palabra auxilio en plan desgarro, pero el es un hombre con mala memoria y olvida en seguida el miedo latente que atenaza nuestra relación. Aunque, es verdad, que si pregonara sus desvaríos, clamaría firmemente al cielo pero con otro talante a como voceo yo. Seguramente, buscando que sus propias palabras no le llovieran encima de la cabeza como si fueran un negro nubarrón. O, rogando a las alturas, que su propia mierda no lo cubriera después como un fétido miasma, haciéndole de capa. Son segundos, pero desde mi asiento repaso la sombra de su silueta, tiesa como un palo frente a mí, y percibo que sus silencios son tan temibles como ese muro invisible pero denso que nos separa, desde que empezó el otoño. Pero qué digo, si el otoño lleva con nosotros una larga década. Como si la estación hubiera hecho surgir de los cimientos de la casa los barrotes de una jaula y detrás de los hierros crece a sus anchas un bosque de silencios y de nudos en la garganta.

         Sin embargo, cuando ya ha pasado con trazo visionario y en plan relámpago, esa cadena de pensamientos delante de mí, el silencio amordaza de nuevo mi boca, aunque salvando primero ese escuálido instante que ha durado su vaga caricia. Desesperada por cualquier arrumaco, acabo recapacitando, que algo mínimo, es mejor que nada.

         Por lo demás, me alimento igualmente del esqueleto vivo de este espacio octogonal donde habito durante el día y la noche. Momento mágico, en que la casa abandona, embutida entre la oscuridad, ese insólito aspecto de prisma descomunal y sus aristas se trasforman entonces, en el gran círculo del tiempo.
         Cuando cae la noche, esta vivienda geométrica, consigue ponerme en órbita y a esas horas, yo viajo en el tiempo hacia atrás y hacia delante pero sin moverme de mi posición. Como si ante mis propias barbas acaeciera de repente un milagro fascinante, que a la par, despliega cierta influencia maléfica en la atmósfera del vestíbulo.



jueves, 12 de agosto de 2010

MUJERES VISIONARIAS.




ABISMOS A MIS PIES...


         Pero cuando mi marido por fin abre la puerta. Cuando veo su aspecto cansado, su mirada prieta y huraño su rostro. Porque hay algo áspero y seco en su cara. Algo que no me atrevo a mirar fijamente por miedo a palpar el muro que se alza en esta clandestinidad que a duras penas, sujeta nuestro vínculo. Cuando todo, hoy en día, se ha transformado en un antiguo sueño y comprendo que amo a una sombra del pasado que se ha quedado ahora suspendida como si fuera el polvo levantado en un camino. Cuando acepto que la vida, últimamente, nos ha maltratado y que se extinguen por si solas todas aquellas cosas que nos anudaron hace años al otro. Cuando la edad ya no puede reclamar lo que en justicia era suyo. Cuando el cuerpo se nos quedó seco a la manera del rictus de mi esposo. Palpo un desasosiego indeseable en el vestíbulo. Y oigo voces morando dentro de mi cabeza que quieren salir hacia fuera y prorrumpir con su grito. Si bien rápidamente, otro miedo espantoso me hace de mordaza tapando mi avasalladora boca a punto de estallar. Una amenaza peligrosa que nos deja a los dos, con la boca abierta y la voz entrecortada. O lo que es peor, una desconfianza mutua, que nos deja sin habla.
         Y en ese vaivén de pensamientos y emociones disparatadas, noto a mi lado su presencia y también como me cae después un beso lleno de inercia sobre los labios, del mismo modo, que si se hubiera desplomado sobre mi ansioso pico, un cubito de hielo sacado del frigorífico. Algo parecido a sentir la escarcha derritiéndose en la parte más suculenta de mi boca. Y a menudo, ese lenguaje gélido y de desgana que me deja su escuálido beso, dura sólo un soplo, pero aventaja, con mucha diferencia, a la peor de las palabras. A menudo, esa escena de indolencia debería ser la tregua que precede a la tormenta. Una estación intermedia entre esta anodina vida de pareja y el auténtico desastre. Pero una se acostumbra, a vivir al borde del abismo. O aún más agotador, debajo mismo del abismo.

         No obstante, mientras se despegan de mí esos labios témpano de hielo, mis pensamientos, siguen distintos itinerarios y uno de ellos, me dice, antes de que reviente sobre la silla del vestíbulo, que mi hombre me alimenta con su presencia como un verdadero compañero de fatigas. Y que me mantengo potencialmente viva gracias a sus inestimables sentimientos amistosos. Aunque por otro lado, está claro, que a mi corazón de pájaro se le han roto las alas y que por tanto, alienta en su mente, su eterno sueño de volar. Aunque sabe muy bien, que se arroja en esos sueños, contra un muro insalvable.

miércoles, 11 de agosto de 2010

BAJO EL SOL DE AGOSTO.



DECLARO...

Que el anochecer se avecina
con la fuerza de un monstruo
el color del carbón
y el misterio tupido de la luna.
Que la noche me llama
sentada en la cocina
mientras yo hago bolitas de plomo
que más tarde acabarán taponando
el conducto retorcido hacia
mi corazón.
¡Ay dolor!
Que algo muy pesado
ha pulverizado mi pobre corazón.
Y que la noche indiferente a mí punzada
me llama de nuevo
con su voz insoportable,
y que yo por último, le argumento,
¡Heme, aquí!.

domingo, 8 de agosto de 2010

ABISMOS A MIS PIES (Continuación).

    
     Pero, !oh mi amor! si al entrar en casa cada tarde, tus labios emergieran de esa muerte prematura. Si por casualidad otra vez girara nuestra vida. Si desaparecieran las palabras vanas lanzadas día a día en el ambiente. Si yo no estuviera tan lúcida como para oler ese desdén mutuo enquistado en este grandioso espacio. Un desdén que irremediablemente nos hiere hasta en esos sueños de la madrugada. Si me abrazaras de nuevo sin articular palabra alguna. Si hablaran tus cálidos dedos mientras se abandonan sobre mi piel desnuda. ¡Oh mi amor! si emergiera en medio de un milagro nuestra primitiva y apasionada melodía de media noche. Mi amor. Mi queridísimo esposo, respiraríamos otra vez ternura como si fuera aire nuevo entrando por nuestros agotados pulmones. Aire puro. Aire sano. Y en ese hipotético momento, mi clamor de ahora se volvería de nuevo un cántaro ávido de agua a la entrada de tu añorada boca. Esa bocana por donde antiguamente me succionabas como un remolino hasta tu corazón.
         Pero por el contrario, de sol a sol, mi amor, nos alimentamos tanto del llanto como de una incesante lluvia de quejas. Y tal fracaso nuestro, aviva a menudo mi desesperación. Un mareo interior que no cesa de darme vueltas y más vueltas y que me llevan crónicamente por el interminable camino del infierno.

         Aunque, si yo me entregara otra vez a ti y tú te dejaras hacer. Si el dramatismo no ocupara nuestro precario turno de amantes. Si la trasparencia nos permitiera darle un vuelco a nuestra vida y una respuesta, a esta empecinada hostilidad. Es probable que desaparecieran la rabia, la indeferencia o ese dolor que hace transitar a nuestro alrededor la verdad desnuda como si fuera la muerte anidando en su propia casa. La muerte fisgoneando sin descanso. Una larva trasformando en polvo nuestro arruinado amor. Porque algo mohoso se apoderó aquellas primitivas llamaradas rebosantes entonces, de rojo, anaranjado y azul y en su lugar han dejado ahora, todos nuestros sueños rotos lo mismo que frágiles cristales y nuestro tiempo saturado de un poderoso botín de guerra.

jueves, 5 de agosto de 2010

AGOSTO EN EL JARDÍN.


ABISMOS A MIS....


         Cuando ese manojo de llaves amortigüe su sonido metálico, es que mi marido habrá abierto la puerta. En segundos, mis muñecas estarán listas para tomar impulso y levantarse de este asiento, transformado hoy, en un módulo apocalíptico. Mis puños cerrados limpiarán rápidamente estos ojos de haber llorado y este rostro por donde resbalaron antes las lágrimas. El tinte oscuro y vidriado de mi vista, simularía, cómo no, alegría en vez de llanto. Estoy versada en fingir emociones que no siempre siento. Mi memoria remarcó tal habilidad. Una pericia adquirida a lo largo de los años, en los que continuamente, soplaba un viento contrario a mis más íntimas inclinaciones. Y me pregunto. ¿Me habré vuelto inhumana, una autómata? Una mujer de piedra por cuyas venas sólo corren los ríos de la memoria llenos, sin remedio, de peñascos imparables.
         Además, cuando ese manojo de llaves haya fundido de nuevo su sonido con la mudez del bolsillo del pantalón de mi marido. Cuando mi hombre repita su gastada muletilla, qué tal, o qué haces ahí sentada. ¿Pasa algo? Y cuando yo le conteste con la cantinela invariable de cada día a estas horas, qué va a pasar, nada ya ves, lo mismo de siempre. Él entonces respirará tranquilamente porque no hay otra cosa en este mundo que agradezca más mi hombre, que el hecho ciego de que nunca pase nada en casa para que su tranquilidad de ánimo no se vea alterada por ninguna historia y, mucho menos, por la aritmética imparable con la trabaja mi cerebro en cada unidad de segundo.

         Cuando olfatee por fin la suculenta emanación que sale de la cocina hasta el vestíbulo, donde estoy sentada, y suelte por esa boca inocente ¡ah, qué bien huele, qué comemos hoy! ya que el hambre a esas horas le devora las entrañas. Yo pensaré que todas mis aflicciones son absolutamente estúpidas -asuntos que están unicamente en mi cabeza de pájaro de mal agüero- porque es absolutamente verdad, que lo mejor es que nunca pase nada en esta vivienda. Pero yo de nuevo miraré ojo avizor bajo el zaguán de la puerta y veré otra vez muy lejano mi codiciado éxodo hasta el fin del mundo. Y me preguntaré en silencio, dónde se encontrará ese lugar enigma adonde siempre quise ir. Aunque, sin saber muy bien, por qué motivo lo buscaba sin descanso, o cual será ese impulso que me invita a huir crónicamente del lugar donde vivo.

martes, 3 de agosto de 2010

BUENAS NOCHES.

Noches en blanco.
Noches sin apenas aliento.
Noches donde sobran los suspiros
y falta la respiración.
Noches de insufribles dilemas
en las que dormita
una muñeca agónica
y dos perros
rastrean, entre la cerrazón del cuarto,
toda esa inquietud.

jueves, 29 de julio de 2010

MUJER ENIGMA.




ABISMOS A MIS PIES (Continuación).

        
         Si finalmente por exigencia de algún supuesto destino contenido en este sitio, terminara apartada de todo contacto social, sé a fe ciega, que me volvería intratable. Una mujer sonámbula. Una anacoreta, únicamente rodeada por una población de fantasmas. Se apoderaría de mí un ser misógino, que renunciaría, incluso, a cuidar su modesta apariencia. Intuyo, que ni siquiera sería capaz de volver a lavarme la cara por las mañanas cuando me levanto. Me quedaría en los huesos. Para qué alimentarse en esas circunstancias, pienso yo ahora. Mi piel entera se volvería pálida como si alguien desde el exterior de esta casa, convertida para entonces en un cobijo de ermitaño, celebrara ya mis funerales.
         Porque viviendo aislada, con el trascurrir de la noche, la cerrazón invadiría este lugar casi redondo y tan impecable como ese acabado círculo que perennemente ansío. Aquí abandonado, hasta un pájaro, podría volverse loco. Y perdería sus alas y su pico. Sin embargo, seguiría graznando traído y llevado por un viento suicida que se agitaría como un intruso enquistado en el ambiente. Incomunicada en este espacio descomunal, estallarían, el delirio y mis monstruos. Que, muy a propósito, articularían palabras de condena contra mí, cuyo efecto, me llevaría directamente a la alcantarilla del mundo por donde sólo transitan las repulsivas ratas. Enclaustrada en este lugar y sin nadie que llevarme a la boca, comerían de mi miedo los fantasmas que habitan en esa otra dimensión de la casa. Esas sombras que hago aparecer y desaparecer con mi varita mágica y que se desploman sobre mí a media noche. Cuando en el fondo, a esas horas, lo que más deseo es dormir. Sin embargo, mis ojos, no sé por qué no me obedecen. La verdad es que todas esas apariciones, son como un pelotón de fusilamiento dispuesto frente a mí en fila horizontal, deseando disparar sus armas. Un puñado de aullidos voceando y arrojando metralla.
         En realidad, quisiera limitarme hoy a ser un acabado círculo. O por lo menos, perseguir serlo tratando de encontrar un pozo lleno de paz. Si bien, puede que suspire ya por algo ilusorio. Tal vez sea demasiado tarde. Tal vez sea, que recluida en este lugar de ausencias hoy se me abre una página en blanco. Tal vez sea, que no me queda ninguna inocencia varada ya en el corazón. Y estrictamente, hoy, me tocaba hacer recuento. Mezclar los sueños imposibles con la amargura implícita en mi vida. Algo tácito que se quedó sin palabras ahí dentro y que ahora adquiere, sin remedio, posición y nombre.
         Porque a todas horas escucho una voz en mi interior que me incita a hablar. Una voz antigua que pulsa en mi lengua para que expulse de mí, ese escenario interno de cenizas.
         A pesar de todo, este sitio ha terminado tatuado sobre mi piel y en el interior de mis ojos. Mi vida entera se ha quedado hincada en mi córnea como un clavo. Y este lugar se ha trasformado ahora en una esfera llena con imágenes ocultas y silencios perfectos que se alimentan, por otro lado, de esa cabeza que tengo atiborra de pájaros.
         Pero, este espacio, cuando destapa sus secretos, arrasa conmigo. Como si sus extraños moradores prendieran de cuando en cuando un fuego en sus entrañas, con el que arde toda la casa.