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martes, 27 de marzo de 2012

ENTRE LA NIEBLA


          Aún giro en torno a un mundo de seducción que destapó una magia prematura.
          Aún pulo aquel delirio y transfiguro la mentira en asombroso y feliz desengaño.
         Aún estoy reviviendo esa luz que aviva mi deseo de una eternidad contigo. Mas veo hundirse los pétalos de un atardecer en una vasija rebosante de lágrimas. Veo caer mis párpados anegados bajo el peso del llanto.
         Aún sueño tu existencia y repaso en mi memoria un inexplicable remordimiento cuando admiro esa atmósfera hipnotizadora del cielo y te adivino en su crepúsculo morado. 

         Y ahora vuelvo de descubrir esta ciudad bajo la niebla y el invierno. En su tupido velo se oía salir la música desde un armonio, caía deshojada como un cuerpo muerto. Pero ay mi amor, el templo se veía cerrado. La casa de Dios parecía habitada por sombras informes, cuerpos inaudibles y sonidos mínimos escapando de su lóbrego interior. Disonancias leves, que simulaban vendavales apagados y dejaban perceptible algún hilo de voz arrancado a la tempestad.  
         Pero encorvada bajo el zarpazo de la bruma y del deseo de que surgieras solitario y fantasmal entre la niebla y el gentío, miraba mientras el transcurrir del río, que descendía entrelazando los saltos del agua, el son de mis pálpitos y la capa vegetal.
         ¡Ay amor! si al mirar la corriente hoy viera tu rostro flotando sobre el agua, en estos ojos de sima estallaría la opacidad de la tarde como en un prisma de cristal. Aunque presiento que hay tala de cabezas y que esta ciudad se ha transformado en un bosque truncado en ruinas, donde el orden y la precisión, no existen.

         Ya no hay éter, sólo noche, betún y desaliento. Todo existe, pero habita cegado por el enfermizo desafío de esas gélidas tardes. El invierno se ramifica tan pelado como un árbol y se bifurca en sueños imposibles, y luego, echa ramales retorcidos cual metástasis de incertidumbre. El riguroso  invierno, tan en cueros, se igualó a un largo tahalí de sombras desplegado sobre esta cruda atmósfera sin emitir ronquido alguno. Una criatura con el altavoz rendido que hurta sus gemidos al paisaje escarchado y a ese negro endoso de las tardes.

         ¡Ah, la noche! y te vocea un caótico viento y me agrieta los labios y la gente me da miedo y la tierra, y mi corazón. Y huyo… huyo por esa rendija que me deja la niebla del invierno en estas travesías sin nombre, pero claro… me acechan mil ojos y me persiguen tus dedos refulgentes tocando para mí, música invisible.
         Sí… tus manos surgieron de la niebla y aún no sé por qué, pero levantaron un clamor en mi contra. Alguien me vencía. Alguien me arrancaba de la inclemencia de la derrota sorteando el tul espeso que cubría la ciudad. Y tuve frío, un frío de hielo que traspasaba el aire y se vendía incomprensiblemente a ti. Yo aceleraba sin mirar atrás. Y aunque contuve los enormes deseos de morir, antes, dejé flores sobre la sombra que proyectaba mi nostalgia y los viejos edificios. 
 ¡Me temblaban las piernas al soltar los ramos!  

                                                                                ( Diciembre 2011)
          
                                                                                                                   

Turbia escarcha entre la bruma
de esas órbitas.
Sustancia de amianto irrespirable
que aún giras aniquiladora en torno
al holocausto de mi pecho              
haciendo noche en mi boca.
Y de tus labios púrpura, las llagas…

Pero ah!... La primavera
¡la gloriosa primavera!
que ha transformado mis ventanas
en guarida de caléndulas y acacias,
y este jardín,
en la sombra de una nube vivaracha.

                                      Maribelflores


martes, 20 de marzo de 2012



Marzo
y estos ojos inmensos de fatiga  
y el viento de mis párpados.
Y una rosa embrionaria cuyos tallos flamantes
han crecido entre las grietas de los labios.
Y esta habitación azul cielo
donde mi madre muerta aún me sonríe
al final de la noche
y suspira
por hacerme soportable
el rumor incontrolable de esas horas
en la oscuridad.

Marzo 
y este jardín hundido en la ciudad irreal y
una urdimbre de resplandor
que centellea como un relámpago
sobre la puerta
de todos mis sentidos,
y cuántos pájaros
se lanzan
sobre el reclamo de esas migajas de pan.

Ha sido invierno
y esa simiente hizo crecer las ramas
un mes tras otro,
y cómo se arrastró el despojo
hasta que el mutismo se sostuvo
dentro de mi boca
a fin de crearme otra eternidad
y más silencio
                                        de una pureza inútil. 

                                          Maribelflores


miércoles, 7 de marzo de 2012

LA TIENDA DE LOS MILAGROS.


              Por la habitación se cruzaba el agua de la bahía…
          El sol le traía reflejadas las curvaturas azuladas del mar mientras el perfil de sus ondas se removía sobre la pared. Aquel resplandor, con su inducción óptica, creaba brillos entre la cal del muro y acurrucada bajo la ropa de cama el amanecer era muy hermoso. La vida se encendía más temprano que nunca y propagaba su luz a la manera súbita que se irradia una risa espontánea llenando de esperanza un cuarto. Allí dentro cabía un mundo entero de humanidad y se le disparaba por completo la compasión por si misma.
         Cuando estiraba uno de sus brazos acariciaba el agua dibujada en la pared y si abría el ventanal, olía a eucaliptos y a sal del litoral y segundos después, se escuchaba impetuoso el rompiente del acantilado en ese hacer y deshacer perpetuo y brusco de sus virutas de espuma.  Ella apretaba sus ojos y al minuto se giraban de un lado a otro del cuarto, como en un ciclo instintivo, que seguía el surco luminoso del cielo. En aquella repetición casi física, percibía los destellos vivos chispeando entre sus globos oculares cerrados. Pero si abría sus oídos al escollo de las olas presentía el ritmo único de sus incontrolados gritos. Al fin y al cabo estaba sola y descubría un insólito placer al oír las súplicas agitadas del mar en su desgarro.
         La masa de agua sacudía sus brazos y esa marea  era la razón única por la que se adivinaba aceptada de un modo imprevisto. Almas gemelas, la mujer y las olas, eran sorbidas por una tribulación feroz que hallaba su placer al romperse todos sus secretos contra la batiente de la costa.
          Por las mañanas remontaba el borde del precipicio y como si hubiera sido de acero afilado igual al de un cuchillo, incubaba cierta rebelión de ánimo en la ascensión errabunda entre las rocas. Y si miraba el torbellino de las olas despedazando el arrecife, sentía las ansias del mar gritándola al unísono, con esa violencia insondable en la que a veces sucumben los seres vagamundos llevándose consigo su abandono. Aquella desatada caverna de agua, dilataba su inmenso espíritu y en un preciso sorbo pronto libaba entre el cieno de su boca.
          Era aquel automatismo incontrolado del mar el que sabía hacerla feliz o hechizarla, diluyendo rápido el espanto.

          Esa mujer se había mudado a un pueblo encalado del litoral. La parte trasera del muro de la casa miraba hacia el quebrado de la costa. La alzada frontal de la vivienda daba a una plazuela en cuyo espacio circular, a todas horas, hacia aguas un insaciable silencio. Desde el balcón abierto la mirada se le detenía en la cal impoluta de las fachadas, en la taberna del lugar por cuya puerta salían los hombres tan ociosos como entraban, y en el letrero de un comercio antiguo en cuyo rótulo rezaba “La tienda de los milagros”.  
          La inscripción del local la hipnotizaba como un engañoso anzuelo que daba alas a su fantasía. Leía y se le producía una alquimia salobre dentro de los ojos como si alguien le hubiera clavado un beso de alambique en su córnea y al punto se agitase un mundo púrpura en el interior  de sus órbitas vacías. O como si detrás de aquel rótulo se ocultara alguna magia fortuita, tal vez, porque deseaba imaginar que en la médula secreta del interior del negocio, sólo se despachaban, insólitos enigmas envueltos con delicadeza bajo el destello de un trozo de celofán.

  
Por mí regresan las olas
como si rompieran la puerta del infierno.
Por mi la arena
se remueve como un torbellino.
Alli los suspiros
allí el llanto
alli el dolor eterno
y tantos puñados de agua
que van ligados,
a todos los instantes azules
que hipan ceñidos a mi rostro.


viernes, 24 de febrero de 2012

ESPACIO VACÍO

Hace tiempo
que rasgo el silencio
pero la mudez avanza
y este espacio me cierra sus muros.
¡Y qué estática se me hace la mañana!
Yo respiro
y aún se ve desnudo este territorio
de tanta soledad.
Páramo yermo
donde se ocultan tus gestos, uno a uno,
aunque me agote el baño
de sol,
aunque me invada.
Y pesa la luz como un fulgor letárgico
en un teatro vacío
donde ya no hay nadie, y yo,
suplico en vano,
que inclines tu rostro de siempre sobre mí,
y me orientes
en mi largo y extraviado camino.
Pero estos son mis ojos
y estas son mis manos
que hallaron su reposo
al aire libre
donde mi rostro yace desvelado
o alza la mirada
                            y el astro lo destruye. 

                                                      Maribelflores

domingo, 12 de febrero de 2012

MI FORTALEZA ESTÁ EN RECORDAR

     Me movía por la vida haciendo puzzles con las piezas dispersas de mis sueños, cuando finalizaba, los miraba unos segundos y luego los deshacía uno a uno para volverlos después a montar.
         Preparaba a voluntad cada segmento del rompecabezas, y una vez, ordené minuciosamente aquel puzzle de “Hija de Los Astros” y cada ínfimo fragmento se ajustó al conjunto adecuadamente. 
       Al margen de aquel pasatiempo impecable, me había creado el hábito de anotar en un cuaderno, los secretos de mi precoz orfandad para que no se perdiera aquella dote insana impuesta por la pérdida. Con garabatos torpes, anotaba, cómo se inflaba el sacrificio  y cómo el holocausto dominaba todas mis creencias y la interpretación engañosa de los hechos. Glosaba el resultado del légamo y lo marcaba celosamente. ¿Cuál era mi verdad? ¿Qué fue de aquel alimento qué ahora juzgo escrupulosamente? Pero cuando empezaba hacer limpieza, me perdía o me consumía, o ambas cosas a la vez.
         Sin embargo, al principio de aquel todo, suspiraba porque me adoptara un insólito astro o le suplicaba algún cometa que me izara a lomos de su cola dándome la ocasión, de dar montada, la vuelta al mundo. Otras veces, imaginaba a Saturno rodeándome con sus aros cósmicos y aquel regazo brillante, lo transfiguré en los brazos compasivos de una madre donde aliviar intactas las angustias. A veces me sentaba en una esquina y me encandilaba, cegada por el fulgor de la creación.  Sin embargo, durante las noches, fue la luna menguada la que a menudo me susurró.
        Aquí tienes mi espina dorsal, podrás coronarte encima y contemplar tantas veces lo  desees, el universo renovado.
        Yo soy pequeña -y le señalaba con el dedo índice mi talla diminuta- y cuando llegue a tu altura  estaré agotada.
        El firmamento te espera pero te advierto criatura que soy estricta con mis hijos.
        Y me murmuraba de nuevo aquel satélite oval.  
        Necesitas constancia si deseas alcanzar tu destino.  
       Uauuu!! Y yo suspiraba al oír tan intuitivos juicios.
       Tendrás que correr en recto y otras más, habrás de proceder doblada, pero arráncale al deseo tu ingente necesidad.
       Mmm… Luna, pero si  me empeño.
       Y aquella luna me devolvía su respuesta con autoridad.
       Te falla el tesón y la disciplina y debes adiestrar tu voluntad.
       Pero es duro aprender. Le respondía de nuevo, sintiéndome incapaz.
       Nadie me oye y creo que me voy a estrellar.
      Una madre debe  imponerse a los tercos caprichos de su creación o los  sueños de sus  hijos se volverán del revés
         De aquel dialogo esperaba que se me revelara alguna claridad.
          Hubo noches enteras, durante el transcurso del verano, que me mantuve despierta hasta el amanecer persiguiendo con la impaciencia de mis ojos oscuros, la translación de algún astro y la órbita que describía su estela al pasar. Aquel firmamento rebosado de absurdos vaticinios, dragones y cabelleras de cometas, me sobrecogía de manera. Su droga me mantuvo viva en aquella rara dimensión, mientras la tierra entera dormía. Cuando la madrugada avanzaba me empapaba de la intemperie hecha una madeja, y toda yo, envuelta en mis brazos. Única y resuelta, me abandonaba a los sueños entre aquel monologo vivo. Y hubo noches así en mi desabrigo que un gato albo, con tintes desiguales pero incomparables visos en los ojos, que me cortejaba en aquella soledad mientras deambulaba al filo de las tejas del techado. Aquella arista de pizarra se volvió su atajo privado en noches resplandecientes de luna. Sin embargo, cuando aquel felino le maullaba a todo el vecindario, imploraba para sí, como una criatura recién parida. Su aspecto fiero, lo invoco, y me aflojo, o acaso me resquebrajo.
      Cuando amanecía, el día era especialmente duro y a menudo, se me hacía un nudo en el cerebro y otro aún más apretado en el corazón.
     Nada ha cambiado, de algún modo asombroso el firmamento contiene aquella misma inmensidad, tan exacta, que he sido yo la que ha mermado su estatura.

         
Ahora es invierno
y he salido desde el umbral vacío
a descubrir el trazo segado
de la escarcha.
Y todo habita sitiado
por ese  manto
espesísimo
de silencio y melancolía.


                         
                              
                                                                                                      Maribelflores

miércoles, 1 de febrero de 2012

LA NOCHE RESPLANDECE

      Debía de ser una noche de invierno igual a la de ahora pues témpanos de hielo se clavaban en mi piel como puñales, aunque la luna, me guiaba en los pasos. Me devanaba en el fuego vivo de un recuerdo. Y la noche y su vaivén eran mi hoguera.
         Como un diamante el destello de los astros pulía la cerrazón de las horas y mi ambigua sombra, se alargaba irreal sobre el camino. Singular y evanescente, la mancha oscura de mi silueta estaba condenada a morir estrangulada entre abrojos. Las horas nocturnas se sumaban fragmentadas, lo mismo que en un ábaco de minuciosas cuentas y blancas pátinas. En las órbitas de mis ojos se dibujaba la noche turbadora. Y la semblanza fuliginosa del cielo revolvía sus poderosas alas y en sus ojos visionarios observé la compasión por mi ser clandestino, que contaba sus pasos, y el curso perezoso de esas altas horas. Mis pupilas dilatadas se removieron entre el cieno de la atmósfera igual que si en mis venas, una mano negra, hubiese inyectado el amargo veneno de la belladona.
          Conmovedora noche en la que acabé apresada en el beso adúltero y glacial del aire y en la sublime luz de los hados. 



Estoy sola
frente al confín                                                       
de la noche.
Con obsesión
espero
el resplandor
del las primeras luces
y el 

despuntar del alba.
En mi faz
cae
la placidez
de una estrella
y pronto caerá
el manto
etéreo de
la aurora
(coralino éter que en mi rostro se abandona)
El orbe titila
en el interior
de mi vientre
y llora la luz
si muere su oro.

                                         Maribelflores

lunes, 23 de enero de 2012

UN ATARDECER

Gimen las ramas del cedro y
en mi boca anidan  sus tristes sonidos 
y esos trémulos pájaros.
Qué puedo hacer? Si no hay descanso y
ese viento azaroso me envía en el pico
su alarido.
Qué debo hacer? Si me vigilan
unos ojos incisivos
y en mis labios se desploman
las miradas candentes del atardecer.
Ya no hay salud. Y a qué me obliga
la vejez cuando modula su crepúsculo
y un gavilán se atasca
en esa febril luz…
Así es mi interior, un sueño y
una sustancia ambarina ceñida a mi alma.
Hoy los árboles han aprendido a llorar y
sollozan conmigo
los espinos.

Y qué podría hacer?
si el disco radiante de la luna

fuese un edén muy agrio
al borde del regreso.                     

                                                      Maribelflores


lunes, 16 de enero de 2012

ERA UN TIEMPO




         La vida me condujo por lugares sangrientos. Y huelen a toxinas las venas por donde flotan tus cenizas y mi espíritu veloz. Pero son tan bellas las ruinas como los círculos concéntricos. Inventor de mi vida, mis sueños son caóticos y aquel sudario es transparente como un espejo que grita. Creador de mi cansancio, el fulgor eterno de la luna es mi alivio, y tu aliento, una ilusión. Un amaño que vomito raíces.
         Hoy es sábado, y una plegaria despierta esqueletos y adormece las hendeduras de los tímpanos y el corazón. Autor de mi voz, qué fría es esta oscuridad cuando comienza el baile de las sombras y vuela rauda la turbación. Pero qué alivio cuando el destello levanta la veda de los astros. Y qué descanso si las cavilaciones se dan a la fuga. Se pactó la hora de la necesidad y la quietud arrasa. Sin embargo, la integridad es inconsolable.
         Padre! Cómo se alarga el tiempo sumergida en esta letal inercia. 


Duermo,
y mi sueño es muy lejano.
Suspiro,
y se trasforma en bosque este sinuoso valle,
y en duendes, mis ojos abismales.
Esta noche, los doseles vuelan
por el cuarto
como las olas expuestas al aire.
Pero, ven y dime ¡padre!
dónde dormita la memoria
si en esta angostura se descansa tan placidamente.
El tiempo es un preciso instante
que se ha hecho presente
en el silencio adormecido del valle. Es la hora
y aquí se ha clavado la noche y
habrá que hacerse a la oscuridad.


¡Dios de la luz y de las sombras!
la certeza se detuvo en la estancia
arrojando primero la calma
y después la tempestad.

Mengua la luna,
y cómo podrían mis ojos negarse a mirarla.
Pero si decrece su belleza
un ingente vacío
traspone por los montes.


 (Desde Alpujarra de la Sierra, Enero 2012)
                                                                                                       
                                                                           Maribelflores

lunes, 9 de enero de 2012

SONATA PARA UN JARDÍN DESIERTO



Soy crisol y soy regazo
y un alud de nieve que baja y aniquila.
Acaricio el jardín 
y se genera una dulce alquimia.
Toco el lodo,
y se levanta la cruz que me mortifica.
Soy perpetuo éxtasis
y pertenezco
a este universo glorioso y fugaz.
Sobre mi pecho giran
la eternidad y todos los planetas
y los luceros crecen 
bajo el barro.
Soy aliento 
y aquí arde mi piel de culebra 
y en el agua perdura su reflejo.
Pero
todavía persiste el hedor de las bestias
en la fuente,
y abreva el olvido y
se estanca el porvenir y la rutina.
Arduo confín ese bronce que hoy expande la tarde.
Arduo misterio que purifica este laberinto de cometas
y árboles.
Relumbra el lodo y al cabo del día
se fulmina la faz de la tierra,
luego palidece, este universo
y la inocencia.

                                                                        Maribelflores

martes, 27 de diciembre de 2011

UN MAL SUEÑO


          Poseída por un sueño espantoso, una noche dormida lloré amargamente. De mi surgía un llanto cavernoso, que lúcida, jamás viví con tanta fuerza. Sentía la ausencia de todo y estaba atrapada en el sollozo y en un laberinto sin sonido donde redoblaba hondamente, un émbolo, con la voz de la muerte. 

          Desnuda y sentada sobre una reluciente silla, mi cabeza se reclinaba sobre el tablero de una mesa rodeada por mis brazos. El llanto consumía mi corazón. Mi esqueleto era viejo y cualquiera a mis espaldas habría podido contar con un dedo y una a una, mis vértebras. Abultaban sobre mi columna como los nudos prietos de un cordel. Mi piel yacía, en virutas contraídas. Palpaba los fantasmas del presente y del pasado. ¡Lloraba desesperadamente! Ante mí, apareció una mujer embarazada y desde su vientre salió despedido el líquido amniótico. Me rebotó en la cara pulsando de nuevo mi existencia. Sin embargo, yo sentí que me disolvía y me hacia líquida como una cascada.

         Luego alguien, al boleo, disparaba perdigones de plomo sobre mi dorso abatido encima de aquella tablazón.  La angustia que viví con la munición clavada en mi espalda, me sirvió de gruta, donde soltar todo aquel arrebato.
         Una umbría oscura lo mismo que un sótano sin ventanas, rodeaba el escenario del tablero en el que mi cabeza se posaba como un cuévano.  Mi cuerpo despojado estaba solo en medio de un acerbo escenario.  
         Desmoronada vi, como nunca habría imaginado ver, mi propia destrucción. Desperté bruscamente dando tumbos sobre la cama. Me senté en el borde con el peso de la inquietud con el miedo y sin ninguna esperanza. Dos segundos después, palpé la suavidad del día y el talismán de la luz se transfiguró en un agua marina flameando pureza entre aquel habitáculo. 
         Sin dudarlo, me reconcilié con el mundo. 

domingo, 18 de diciembre de 2011

ADVIENTO



Más allá del invierno
se desliza un latido
un gesto en el rostro, en
el deseo, en
la celebración.
Más allá de la luz o de la pantomima
que arde entre esa niebla
y las estrellas
de la conmemoración.
Más allá de las raíces asidas
a la esperanza y a la evocación, al esplendor
de la infancia y a los días de brindis, de entrega y
glorificación.
Más allá de todo el oro que descienda,
durarán,
la dentelladas a los árboles
las hojas caídas y ese vinculo ligado
a los que más quisimos y a los que nada queremos.
Y a la misma vida
que se creó de imprevisión y regocijo,
de simulación
y voces enlazadas…. 

                                          Maribelflores

lunes, 12 de diciembre de 2011

FANTASÍA SONORA

          Estoy soñando y en mi sueño parpadea una luz con el brillo del encaje. Y veo un dosel tambaleado por el aire que atraviesa el hueco de mi tragaluz. Esta mañana me atenaza la armonía ¡Que extraño!

           Piel de asombro, tu claridad es completa.
         Y en el jardín todo es oráculo cuando se celebra la profecía de la música y bulle un fantástico coro de aves negras. Y aún me pesan los párpados y el alboroto. Y me zumban los timbales. Y los tambores ya penden de mis entrañas y ahora suspiro sin ningún resentimiento. Oh! esta alborada es un placer pues hago añicos la muralla por donde trepa a menudo la hiedra o el engaño.

                Es verdad, estoy soñando completamente despierta.
         Y canto a la existencia y a este vértigo  y ¡a toda la eternidad! Y después, cuando se agota mi balada, me quedo inmóvil mirando el moviento y el tremolar del amanecer, y ese calado de cielo a donde se ciñen las nubes al azul como un esponjoso algodón. Todo está medido y cadencioso lo mismo que en un pentagrama. Todo fulgura en el crisol del alba. Y todo aparece de repente en su eterna lucidez.

         Y duermo de nuevo en paz, y ya recogida, me regocijo contemplando la luz del alba, tan prodigiosa, que de ella ha nacido este mundo invisible del que venimos. Tan milagrosa, que es dulce regresar a la locura de atravesar  la creación y el espejo de Alicia.  
                            
                        Maribelflores

martes, 6 de diciembre de 2011

LA ÚLTIMA ROSA



         Y este deambular por el jardín como en la cuerda floja. Este funambulismo en franca rebelión. Este hilo de seda a punto de cortarse que relumbra su prodigio fortuito y después me atrapa en su hebra o en su añoranza de luz o, en ese espíritu de exterminio que vaga  bajo la ventisca del jardín. Añoranza… o como incubar cadáveres sobre el musgo y rebotarlos vivos sobre el surtidor del agua.

         Este invisible alambre. Indolente filamento que es como una mísera larva, un beso siniestro o unos salobres labios, da lo mismo. Este celofán por donde camina errabunda mi amarga figura o el letargo. Y este estigma errante que soltó su herida entre la infancia  y dejó calado un vasto túnel con su negro aliento y aquel temblor que me vio morir a la vez, de ultraje y de deseo.

          Esta violencia extraviada en mi cerebro o este pánico innegable.
         Dame tu auxilio árbol del invierno. Sujétame a tu descarnada copa y enlázame a tu enramada de fronda o de hojarasca o de escarcha. Y a tus raíces y a esa matriz que devora la tierra. Esquivo invierno, desvestido de dulzura y de rosas. Vorágine de remordimiento irreparable y de creencias o desesperación. Vendaval de traición y hastío o impaciencia.

         ¡Madre!  Y tú no estás. Y qué horrible esta mortífera fantasía. Madre, préstame siempre tus manos y escucha mi ensueño o mi delirio y esta súplica. Aquieta mi destino y frena este rumbo que excava en el silencio y en el frío y en esta casa descomunal. Y luego… luego entrégame tu estela luminosa y ¡haz algo! Haz florecer la última rosa del invierno.

                                                                                                                                     


                                                                              Maribelflores

jueves, 1 de diciembre de 2011

LOVE

Como si fluyeran por mis tímpanos
raíles oxidados,
así me sonaron tus pasos
esta tarde
cuando crucé el jardín empapada de fatiga
y tú, me sonreías bajo la lluvia.

Y aquí estoy ¡mansa! pero infeliz,
y abrazada a la dócil música
del agua
que me roba el ritmo.

Rasgada por nubes cenicientas
que se han quebrado en mi interior
al chocar con todo un manantial de vidrio.

Pero desconsolada
¡vivo! de lo vivido
o de un sueño
o de una estupidez que aún grita tu nombre.

Nada queda
salvo algunas partículas de luz
encendidas en los ojos de la noche,
Y ahí, entre el silencio
puedo mirar tu rostro
y oír, en el rigor del duelo,
la voz que amé. 

                                          Maribelflores

lunes, 28 de noviembre de 2011

EL HOMBRE LOBO (Cuento)

 

        
     De pie, en el centro de un vestíbulo octogonal, observa atentamente las paredes. En dos de esos ocho muros hay colocados unos espejos altos y rectangulares. Solitarios, profundos, penetrantes, la miran desde el fondo de su silencio diario.
         Primero los contempla simultáneamente y después uno a uno.
         En su interior se esbozan pútridos paisajes con vistas al abismo. Ambientes ocultos de acuarela, cuyo viso de vidrio, los sacará hacia fuera. Ella observa con cara severa mientras le da la vuelta a la antesala. Agudiza los sentidos y dentro de esos espejos empiezan a liberarse, dos ambientes tumultuosos que en segundos cobrarán vida.
         Mira en el primero pero no ve el instante sino las prietas sombras del pasado. Y distingue una criatura sentada en un poyete balanceando abajo y arriba unas piernas en las que suelta, íntegra, su energía. Una cándida colegial de ojos oscuros y adormilados, de pelo lacio y frente muy despierta. Esa chiquilla tiene cara de luna llena y el cielo encapotado en su mirar de pájaro.   
       Al fondo del cristal un hombre y una mujer, desde hace décadas, tienen amputadas sus cabezas y desde esas dos incisiones salen sendos ramos de flores secas, como si ello fuera un ornamento en sepia.

     En la base del segundo espejo, escucha ecos de pasos precipitados en la noche de la ciudad vieja y advierte que un viento amotinado se ha colado en la luna del cristal. 
         El eco de los pasos retumba entre los edificios cercanos y rebota con tanto orden que resulta escalofriante. Cada segundo ese caminar atormentado redobla sus pisadas. Los pies trepan por las calles y desde el empedrado les crecen hacia arriba gruesos ramones que hacen de esas piernas una pizca de músculos, prieta.
       La persecución avanza pero las travesías se estrechan hasta convertirse en un embudo cegado por el cuello. Ahora esas piernas recorren el laberinto de las calles, una y mil veces, como en una especie de espiral de locura que buscase desesperadamente alguna embocadura donde esconderse. Pero los muros le devuelven de nuevo el eco de una batalla ya perdida y vierten sobre los pasos, el frío helador de unos callejones taponados. Ese aire glacial y sedicioso se ha hecho un bloque de hielo en las piernas  y cada vez que pisan fuerte sobre el adoquinado, el hielo se rebana y es como si cayeran, a tajadas, trozos de vidrio sobre el relieve de las piedras.
         El aire tormentoso ha puesto pálidas todas las calles y la luz de las farolas dentellea una especie de veneno entre los callejones y sudan sangre las paredes de las tapias, cuando envenenada, la corriente, arranca las vestiduras a esa impúber que acelera su marcha entre angostas callejas.
        Un hombre fornido disfrazado de lobo camina detrás de esos pasos con oscuros propósitos. Esa fealdad vocifera hacia dentro su jadeo y su concupiscencia: criatura, cria…, y se relame con los dedos todo el espumarajo de su boca. Se excita y babea. Se atiza y babea. Se espolea y babea. Se vivifica y babea y se invita solo, a un festín desolado. 

         El hombre lobo posee una fuerza lujuriosa aunque resopla mientras mortifica a su víctima. Su rostro se ve borroso dentro del espejo, pero sin duda es violento. Un demonio. Una bomba humana que vive enfurecida y ávida de carne fresca. Y esa garra humana con fauces de bestia, troza su botín con gran voracidad y cuando acaba, espantado, lo sepulta.
          Copula… y se hizo trizas la carne de la victima.
        De su mirar de pájaro, ahora vacío, escapan bandadas de aves blancas dejando una estela de luz por toda la ciudad, detrás, una ingente nube de cenizas va cubriendo un tenebroso cielo.
                                                      
                                                                                       Maribelflores

                                   "Mi pequeña denuncia contra el crimen más abominable que existe, y que pasan décadas, y ahí sigue"