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lunes, 7 de mayo de 2012

A YAGO.


         A Yago le brota el fuego por el hueco de la boca y en segundos se le extrapola la descarga como a un relámpago. Yago es un dragón y de las llamas de esa bola encendida le manan tinieblas invisibles.
         … Yago, el violonchelo tañe su agonía y dobla a mar revuelta y al caer las olas, se troncha en pedazos su rumor cíclico. Pero debajo de esas volutas de agua y sal, se amontona la angustia sobre el tul nacarado de la arena seca. 
         Yago, del subsuelo emerge un sonido atronador de placenta y su fragor me retumba y tu nombre detona y sale propagado por todos los rincones del planeta.
         ¡Veta sobrecogedora, ensordece mi ceguedad!
         Pero si no amo Yago, si no me entrego, si mi pecho enmudece, si en la noche se extinguen los astros, el desorden se empeña en revolver mi erótica y pronto imagino vampiros cayendo sobre mí desde esa negrura que muerde sobre estas arterias brillantes. Si no amo Yago, sospecho que mi memoria exclamaría su enemistad contra el deseo y no habría respuesta capaz de aliviar ni mi sed de ti, ni mi agonía.  Y en la verdad de la penumbra me pregunto si eso no sería mi perdición o morirse por nada entre colmillos afilados. Pues en la noche, Yago, los resucitados, van perfilando mi silueta con hebras de espanto mientras mi corazón trepida ¡muerto de hambre! 

         Yago quiero copular contigo y que nazcan alimañas del acto. Pero por qué no escarbar en ese osario de agravios, por qué no despedazar tus genes implacables, por qué no hurgar en tu minúscula misericordia y con tu estricta mano cavar un hilillo endeble de luz en tus vísceras.

         Resopla el viento en mi destierro Yago, o es qué me suena a un aullido lejanísimo de lobo. Pero si brama la tierra, si muge la música de un violín con sus llagas de azufre, el mar al fin se quedará tranquilo. El mar azul que no descansa en su confluencia con el horizonte. Y allí…  perpetuamente lejos, resopla este compuesto de cianuro y este dulcísimo combinado de esclavitud a ti. 
         ¡Yago,Yago! Estoy frágil, y en mi desaliento he pensado disolverme en polvo y sobrevivir en el interior de tus huesos. Aunque mis limaduras se harán compactas dentro de la carcasa de ese esqueleto y yaceré para siempre tiesa, y como una vela de entierro me estiraré en ese cerco donde por el contrario se riza una serpiente. Una boa que luego repta sobre mí y entra como un hombre a través de mis piernas. Pero cuando el reptil se despierta Yago, no puedo negarlo, me asusta como un ídolo corcovado. Pues se alarga tanto el tramo de la liberación, que al día de hoy soy un puente y bajo esas ruinas fluye un talud de barro y, cómo me pesa el fango en esa soledad. Como la losa marmórea de los siglos. 
          Me siento yerma, Yago, excluida, infeliz y abrazada a un virulento arsenal de guerra. Y huyo Yago, pero no lo dudes, voy a desintegrarme lejos. Voy a desaparecer bajo la lluvia mansa de una ciudad sin nombre donde no habrá sol, sólo tu éxtasis de daño. Sólo , evaporado y mudo. 
         Yago, ya silban los cuchillos que cortarán tu cabeza. Ya escucho los estertores. Ya eres polvo Yago. Ya me rodea un cerco de llanto. Ya vibran mis ojos como si retornase lo que ha desaparecido. Lo que nunca fue.

Huyo
consciente
 de que el amor es un viento
un suspiro
que cruza veloz el corazón.
Y me pregunto
si no es un misterio
que se derrumba.
Una belleza invisible
que no existe.
Una niebla que nace y muere
en el alma
ante el pavor de la muerte
que estuvo
 expiándome.
                                                         Maribelflores

miércoles, 25 de abril de 2012

EL TIEMPO MUERE Y RENACE


HUMO NOCTURNO

Entre la luz de mis sueños
paso en calma la noche
y me veo oscilar
o enmudecer.
Y soy cielo, soy lirio
o nada soy
salvo un gesto.
Un viento
cruzando ese inconsciente insepulto.

Materia de alas,
me circundan visiones de pájaros
y todo lo demás, lo percibo sedoso.
¡Ah! si no amara ese paraíso de Dioses
dibujado en esa irrealidad.
¿Pero quién sabe lo que siento
si he de morir sola,
si he de vivir entre el silencio del humo
nocturno?

Ser ambiguo
hay en ti un antiguo temor
tan pronto olvido
tan pronto
evocación,
tan pronto aflicción tremebunda.

Bajo las sombras soy,
vivo revoloteando,
mas, 
cómo punza ese fantasma oculto en mí. 


BRISA DE ABRIL

¡Verdes campos!
Y a mis oídos sube un rumor de rosas
como un silbido alado
que pasara de cerca.
Y hay un placer,
unas notas vagas en esas fragancias
que arrastran de todos mis sentidos.

¡Gloria a los árboles! Gloria a los pétalos
que no cesan, año tras año.

Porque adoro las rosas
del amanecer
y amo esa plegaria
que abrió una llaga entre el púrpura.   
Pero contemplo la aurora
como si fuera el principio del mundo.
¿O para qué nací yo, sino
para ir al encuentro de esos flamantes rayos?


                                                                       Maribelflores

jueves, 19 de abril de 2012



         A distancia, la mirada absorta de Manuela se entendía como un gesto sosegado que bañaba su rostro arrebujado de anciana. Sus ojos embelesados jamás se viraban súbitamente de un lado a otro, sino que giraban palmo a palmo siguiendo el mismo peregrinar que rodaba en el planetario del cielo. O quizás perseguían algún surco alejado de ese universo milagroso de los espejismos. Con los ojos abiertos su campo de visión era fugaz, blondo o lacrimógeno, pero de vez en cuando sus párpados se le caían adormecidos. Descendían pesados y como los de un alma embelesada en un mundo onírico preñado de reclamos. Pero cuando abría sus ojos y volvía a la vida desde aquel reino nebuloso, su mirada de fidelidad escudriñaba aquel espacio refulgente.
           Segundos más tarde, se removía la humareda de la casa. 
         Algo aturdida, al avivarse de nuevo su vida dirigía sus ojos hacia el haz de luminosidad que entraba por el gran ventanal. Algunas veces se columpiaba sobre la mecedora y su cuerpo longevo, durante la traslación, simulaba un péndulo que acompasaba la vida suspendida del Callejón de los Gatos. Los ojos grisáceos y blancos de Manuela tenían esos matices vagos de alas de las palomas. Y cuando su mirada volaba,  se quedaba gustosamente clavada sobre el tamiz de la luz. Esa mirada desvaída nunca pestañeaba sino que respiraba y sufría un encadenamiento lechoso hacia la luz. Pero con aquel palmo pautado de mirador abierto, disfrutaba de un excelente ángulo de enfoque al reducido cosmos del callejón.
          Desde aquel muro que sellaba el callejón,  caía inextinguible entre la boca de una gárgola, un caudal rumoroso de agua sobre el vaso de un pilón. Y desde el hueco de su ventanal Manuela escrutaba las manos, el ropaje, el andar y el rostro de la vecindad en su ir y volver del agua hasta el hogar.

           Ella se remueve en la hamaca.
        Ella se pregunta y a veces deja atrás ¡y mira! y se resigna a ese continuo viajar suyo y del vecindario que nunca descansa.

          Pero fue en el calor soporífero de aquel verano de lentitud y paciencia, cuando escuchaba el clamor de su viejo moribundo postrado en cama.
         _Manuela ya has perdido de nuevo los sentidos. ¿Verdad?
          Siempre zanganeando.
          Siempre revoloteando.
         _Vieja haragana, despabila. Cámbiame de postura que se me clava en el costado el borde de la cama.
         Pero Manuela eternizaba sus movimientos y en vez de andar inhiesta hacia la alcoba, sus piernas oscilaban al ritmo lento de su emotividad. Su cuerpo blando de anciana se movía creando ondulaciones axiomáticas pactadas en dos segundos con su gastado organismo.

         Ella flaquea delante de él pero aprieta los dientes y hace una pausa compasiva  para no llorar. Después gira su rostro por si es posible aún no menguar tanto y de nuevo agacha las orejas y cede a la iniquidad.
             Cuando el día llega al final, el desahuciado vuelve a vocearla.
          _Manuela, ese caldo, que de algo me habré de alimentar.
       Y como si fuera el eco, escucha por duplicado y por triplicado ese gruñido y su descenso interminable hacia la sima. El rugido viene de la alcoba con la misma naturaleza que sale la ruindad del infierno. Y de esa alcoba  viene además la oscuridad.
        Pero ella busca la dirección del viento. Ella va detrás de esa asonancia tan viciada que la rebasa con toda regularidad. Ella está completa, acabada… pero alza al techo sus ojos cenicientos de paloma y escudriña el espacio y su silencio asciende con gran precisión.

         _Fósil. 
         ¡Inmunda anciana! por qué te demoras.
        Mujer pánfila, vieja inepta, zopenco…  y el desahuciado lanza su polémica al otro extremo del lecho.
         Ella camina titubeante alrededor de la cama. Él la mira y ella baja la cabeza. No hay esperanza. Entre sus ojos, la gran distancia. Pero llega un mal viento y la pasa. Ella da diente con diente y el pocillo de sopa tintinea al tocarse con el plato. El caldo se vuelca y la anciana se gana otro careo con una retórica de agresión que provoca el caos. La boca sucia del viejo embiste a Manuela y la alcanza con suma intensidad. Él le dispara un cartucho de plomos desde esa garganta de artero porque en su boca se crece la ponzoña como las pompas de jabón. En su boca se bambolean, una y otra vez, los racimos de balas.

         Una mañana de finales de verano el viejo amaneció con los ojos vueltos, la boca abierta y la  tez lívida. El zumbido de las moscas ondeaba sobre el tul de la ventana. Ella se levanta y cuando está de pie, le cuesta trabajo creer en el insignificante espesor de la muerte. Camina por la orilla del tálamo y su mirada grisácea se vuelve jabonosa, aunque aguanta la respiración hasta que un alarido le llega de lejos. Sigue el curso de sus manos y desnuda ese cuerpo inerme que le muestra piel y huesos. Friega su esqueleto pero deja que se lo lleve la maraña. Acaba el ritual de la fricción y lo viste con traje de gala. Él surge esquelético pero impoluto. Ella cambia la ropa de cama y cierra para la eternidad el sumidero de su boca pero antes deja que se vacíe dentro de una cloaca. Al fin unge con óleo sus mezquinos labios que han adquirido ahora una sonrisa abandonada y lerda.   

         Cuando sale de la alcoba a Manuela se le ha vuelto la mirada azul y ve las cosas en tres dimensiones. Extenuada y consumida por los acontecimientos se sienta en la mecedora delante de la ventana. Y se columpia, y se acuna, y se duerme profundamente en un abismo de pátinas doradas. Las visiones ahora son ángeles febriles muy arrebatados que le inundan todos los sueños de pétalos. 

jueves, 12 de abril de 2012


Crisálida
atrapada en tu brillante
seda.
Mariposa sin alas
en tu insoportable levedad.
Ficticia huida
de una vida
sin valor alguno
sin juventud, sin esplendor.
Memoria
ampliada en mil ecos
de culpa,
ajenos
a la divina inocencia.
Ideal
de prodigiosos sueños
sin cumplir. 


domingo, 8 de abril de 2012

CRIATURA DE LA LUZ

Ven.
Y no alentemos un nimbo
de sombras bajo los párpados
ni la luz de un sueño fatigoso
que discurra
a ráfagas,
invadiendo la estancia.
Este reino es tuyo
y es dorado
y el resplandor
dura toda una noche de desvelo,
pues las horas duelen
donde se detuvieron una tarde.
Y eres tú, 
y te amo
en esa pausa del mundo
donde te has suspendido.

Pero es la hora del acero
y esta noche 
ha caído
un beso sobre mis labios
y deslumbra como una estrella.


                                              Maribelflores

martes, 27 de marzo de 2012

ENTRE LA NIEBLA


          Aún giro en torno a un mundo de seducción que destapó una magia prematura.
          Aún pulo aquel delirio y transfiguro la mentira en asombroso y feliz desengaño.
         Aún estoy reviviendo esa luz que aviva mi deseo de una eternidad contigo. Mas veo hundirse los pétalos de un atardecer en una vasija rebosante de lágrimas. Veo caer mis párpados anegados bajo el peso del llanto.
         Aún sueño tu existencia y repaso en mi memoria un inexplicable remordimiento cuando admiro esa atmósfera hipnotizadora del cielo y te adivino en su crepúsculo morado. 

         Y ahora vuelvo de descubrir esta ciudad bajo la niebla y el invierno. En su tupido velo se oía salir la música desde un armonio, caía deshojada como un cuerpo muerto. Pero ay mi amor, el templo se veía cerrado. La casa de Dios parecía habitada por sombras informes, cuerpos inaudibles y sonidos mínimos escapando de su lóbrego interior. Disonancias leves, que simulaban vendavales apagados y dejaban perceptible algún hilo de voz arrancado a la tempestad.  
         Pero encorvada bajo el zarpazo de la bruma y del deseo de que surgieras solitario y fantasmal entre la niebla y el gentío, miraba mientras el transcurrir del río, que descendía entrelazando los saltos del agua, el son de mis pálpitos y la capa vegetal.
         ¡Ay amor! si al mirar la corriente hoy viera tu rostro flotando sobre el agua, en estos ojos de sima estallaría la opacidad de la tarde como en un prisma de cristal. Aunque presiento que hay tala de cabezas y que esta ciudad se ha transformado en un bosque truncado en ruinas, donde el orden y la precisión, no existen.

         Ya no hay éter, sólo noche, betún y desaliento. Todo existe, pero habita cegado por el enfermizo desafío de esas gélidas tardes. El invierno se ramifica tan pelado como un árbol y se bifurca en sueños imposibles, y luego, echa ramales retorcidos cual metástasis de incertidumbre. El riguroso  invierno, tan en cueros, se igualó a un largo tahalí de sombras desplegado sobre esta cruda atmósfera sin emitir ronquido alguno. Una criatura con el altavoz rendido que hurta sus gemidos al paisaje escarchado y a ese negro endoso de las tardes.

         ¡Ah, la noche! y te vocea un caótico viento y me agrieta los labios y la gente me da miedo y la tierra, y mi corazón. Y huyo… huyo por esa rendija que me deja la niebla del invierno en estas travesías sin nombre, pero claro… me acechan mil ojos y me persiguen tus dedos refulgentes tocando para mí, música invisible.
         Sí… tus manos surgieron de la niebla y aún no sé por qué, pero levantaron un clamor en mi contra. Alguien me vencía. Alguien me arrancaba de la inclemencia de la derrota sorteando el tul espeso que cubría la ciudad. Y tuve frío, un frío de hielo que traspasaba el aire y se vendía incomprensiblemente a ti. Yo aceleraba sin mirar atrás. Y aunque contuve los enormes deseos de morir, antes, dejé flores sobre la sombra que proyectaba mi nostalgia y los viejos edificios. 
 ¡Me temblaban las piernas al soltar los ramos!  

                                                                                ( Diciembre 2011)
          
                                                                                                                   

Turbia escarcha entre la bruma
de esas órbitas.
Sustancia de amianto irrespirable
que aún giras aniquiladora en torno
al holocausto de mi pecho              
haciendo noche en mi boca.
Y de tus labios púrpura, las llagas…

Pero ah!... La primavera
¡la gloriosa primavera!
que ha transformado mis ventanas
en guarida de caléndulas y acacias,
y este jardín,
en la sombra de una nube vivaracha.

                                      Maribelflores


martes, 20 de marzo de 2012



Marzo
y estos ojos inmensos de fatiga  
y el viento de mis párpados.
Y una rosa embrionaria cuyos tallos flamantes
han crecido entre las grietas de los labios.
Y esta habitación azul cielo
donde mi madre muerta aún me sonríe
al final de la noche
y suspira
por hacerme soportable
el rumor incontrolable de esas horas
en la oscuridad.

Marzo 
y este jardín hundido en la ciudad irreal y
una urdimbre de resplandor
que centellea como un relámpago
sobre la puerta
de todos mis sentidos,
y cuántos pájaros
se lanzan
sobre el reclamo de esas migajas de pan.

Ha sido invierno
y esa simiente hizo crecer las ramas
un mes tras otro,
y cómo se arrastró el despojo
hasta que el mutismo se sostuvo
dentro de mi boca
a fin de crearme otra eternidad
y más silencio
                                        de una pureza inútil. 

                                          Maribelflores


miércoles, 7 de marzo de 2012

LA TIENDA DE LOS MILAGROS.


              Por la habitación se cruzaba el agua de la bahía…
          El sol le traía reflejadas las curvaturas azuladas del mar mientras el perfil de sus ondas se removía sobre la pared. Aquel resplandor, con su inducción óptica, creaba brillos entre la cal del muro y acurrucada bajo la ropa de cama el amanecer era muy hermoso. La vida se encendía más temprano que nunca y propagaba su luz a la manera súbita que se irradia una risa espontánea llenando de esperanza un cuarto. Allí dentro cabía un mundo entero de humanidad y se le disparaba por completo la compasión por si misma.
         Cuando estiraba uno de sus brazos acariciaba el agua dibujada en la pared y si abría el ventanal, olía a eucaliptos y a sal del litoral y segundos después, se escuchaba impetuoso el rompiente del acantilado en ese hacer y deshacer perpetuo y brusco de sus virutas de espuma.  Ella apretaba sus ojos y al minuto se giraban de un lado a otro del cuarto, como en un ciclo instintivo, que seguía el surco luminoso del cielo. En aquella repetición casi física, percibía los destellos vivos chispeando entre sus globos oculares cerrados. Pero si abría sus oídos al escollo de las olas presentía el ritmo único de sus incontrolados gritos. Al fin y al cabo estaba sola y descubría un insólito placer al oír las súplicas agitadas del mar en su desgarro.
         La masa de agua sacudía sus brazos y esa marea  era la razón única por la que se adivinaba aceptada de un modo imprevisto. Almas gemelas, la mujer y las olas, eran sorbidas por una tribulación feroz que hallaba su placer al romperse todos sus secretos contra la batiente de la costa.
          Por las mañanas remontaba el borde del precipicio y como si hubiera sido de acero afilado igual al de un cuchillo, incubaba cierta rebelión de ánimo en la ascensión errabunda entre las rocas. Y si miraba el torbellino de las olas despedazando el arrecife, sentía las ansias del mar gritándola al unísono, con esa violencia insondable en la que a veces sucumben los seres vagamundos llevándose consigo su abandono. Aquella desatada caverna de agua, dilataba su inmenso espíritu y en un preciso sorbo pronto libaba entre el cieno de su boca.
          Era aquel automatismo incontrolado del mar el que sabía hacerla feliz o hechizarla, diluyendo rápido el espanto.

          Esa mujer se había mudado a un pueblo encalado del litoral. La parte trasera del muro de la casa miraba hacia el quebrado de la costa. La alzada frontal de la vivienda daba a una plazuela en cuyo espacio circular, a todas horas, hacia aguas un insaciable silencio. Desde el balcón abierto la mirada se le detenía en la cal impoluta de las fachadas, en la taberna del lugar por cuya puerta salían los hombres tan ociosos como entraban, y en el letrero de un comercio antiguo en cuyo rótulo rezaba “La tienda de los milagros”.  
          La inscripción del local la hipnotizaba como un engañoso anzuelo que daba alas a su fantasía. Leía y se le producía una alquimia salobre dentro de los ojos como si alguien le hubiera clavado un beso de alambique en su córnea y al punto se agitase un mundo púrpura en el interior  de sus órbitas vacías. O como si detrás de aquel rótulo se ocultara alguna magia fortuita, tal vez, porque deseaba imaginar que en la médula secreta del interior del negocio, sólo se despachaban, insólitos enigmas envueltos con delicadeza bajo el destello de un trozo de celofán.

  
Por mí regresan las olas
como si rompieran la puerta del infierno.
Por mi la arena
se remueve como un torbellino.
Alli los suspiros
allí el llanto
alli el dolor eterno
y tantos puñados de agua
que van ligados,
a todos los instantes azules
que hipan ceñidos a mi rostro.


viernes, 24 de febrero de 2012

ESPACIO VACÍO

Hace tiempo
que rasgo el silencio
pero la mudez avanza
y este espacio me cierra sus muros.
¡Y qué estática se me hace la mañana!
Yo respiro
y aún se ve desnudo este territorio
de tanta soledad.
Páramo yermo
donde se ocultan tus gestos, uno a uno,
aunque me agote el baño
de sol,
aunque me invada.
Y pesa la luz como un fulgor letárgico
en un teatro vacío
donde ya no hay nadie, y yo,
suplico en vano,
que inclines tu rostro de siempre sobre mí,
y me orientes
en mi largo y extraviado camino.
Pero estos son mis ojos
y estas son mis manos
que hallaron su reposo
al aire libre
donde mi rostro yace desvelado
o alza la mirada
                            y el astro lo destruye. 

                                                      Maribelflores

domingo, 12 de febrero de 2012

MI FORTALEZA ESTÁ EN RECORDAR

     Me movía por la vida haciendo puzzles con las piezas dispersas de mis sueños, cuando finalizaba, los miraba unos segundos y luego los deshacía uno a uno para volverlos después a montar.
         Preparaba a voluntad cada segmento del rompecabezas, y una vez, ordené minuciosamente aquel puzzle de “Hija de Los Astros” y cada ínfimo fragmento se ajustó al conjunto adecuadamente. 
       Al margen de aquel pasatiempo impecable, me había creado el hábito de anotar en un cuaderno, los secretos de mi precoz orfandad para que no se perdiera aquella dote insana impuesta por la pérdida. Con garabatos torpes, anotaba, cómo se inflaba el sacrificio  y cómo el holocausto dominaba todas mis creencias y la interpretación engañosa de los hechos. Glosaba el resultado del légamo y lo marcaba celosamente. ¿Cuál era mi verdad? ¿Qué fue de aquel alimento qué ahora juzgo escrupulosamente? Pero cuando empezaba hacer limpieza, me perdía o me consumía, o ambas cosas a la vez.
         Sin embargo, al principio de aquel todo, suspiraba porque me adoptara un insólito astro o le suplicaba algún cometa que me izara a lomos de su cola dándome la ocasión, de dar montada, la vuelta al mundo. Otras veces, imaginaba a Saturno rodeándome con sus aros cósmicos y aquel regazo brillante, lo transfiguré en los brazos compasivos de una madre donde aliviar intactas las angustias. A veces me sentaba en una esquina y me encandilaba, cegada por el fulgor de la creación.  Sin embargo, durante las noches, fue la luna menguada la que a menudo me susurró.
        Aquí tienes mi espina dorsal, podrás coronarte encima y contemplar tantas veces lo  desees, el universo renovado.
        Yo soy pequeña -y le señalaba con el dedo índice mi talla diminuta- y cuando llegue a tu altura  estaré agotada.
        El firmamento te espera pero te advierto criatura que soy estricta con mis hijos.
        Y me murmuraba de nuevo aquel satélite oval.  
        Necesitas constancia si deseas alcanzar tu destino.  
       Uauuu!! Y yo suspiraba al oír tan intuitivos juicios.
       Tendrás que correr en recto y otras más, habrás de proceder doblada, pero arráncale al deseo tu ingente necesidad.
       Mmm… Luna, pero si  me empeño.
       Y aquella luna me devolvía su respuesta con autoridad.
       Te falla el tesón y la disciplina y debes adiestrar tu voluntad.
       Pero es duro aprender. Le respondía de nuevo, sintiéndome incapaz.
       Nadie me oye y creo que me voy a estrellar.
      Una madre debe  imponerse a los tercos caprichos de su creación o los  sueños de sus  hijos se volverán del revés
         De aquel dialogo esperaba que se me revelara alguna claridad.
          Hubo noches enteras, durante el transcurso del verano, que me mantuve despierta hasta el amanecer persiguiendo con la impaciencia de mis ojos oscuros, la translación de algún astro y la órbita que describía su estela al pasar. Aquel firmamento rebosado de absurdos vaticinios, dragones y cabelleras de cometas, me sobrecogía de manera. Su droga me mantuvo viva en aquella rara dimensión, mientras la tierra entera dormía. Cuando la madrugada avanzaba me empapaba de la intemperie hecha una madeja, y toda yo, envuelta en mis brazos. Única y resuelta, me abandonaba a los sueños entre aquel monologo vivo. Y hubo noches así en mi desabrigo que un gato albo, con tintes desiguales pero incomparables visos en los ojos, que me cortejaba en aquella soledad mientras deambulaba al filo de las tejas del techado. Aquella arista de pizarra se volvió su atajo privado en noches resplandecientes de luna. Sin embargo, cuando aquel felino le maullaba a todo el vecindario, imploraba para sí, como una criatura recién parida. Su aspecto fiero, lo invoco, y me aflojo, o acaso me resquebrajo.
      Cuando amanecía, el día era especialmente duro y a menudo, se me hacía un nudo en el cerebro y otro aún más apretado en el corazón.
     Nada ha cambiado, de algún modo asombroso el firmamento contiene aquella misma inmensidad, tan exacta, que he sido yo la que ha mermado su estatura.

         
Ahora es invierno
y he salido desde el umbral vacío
a descubrir el trazo segado
de la escarcha.
Y todo habita sitiado
por ese  manto
espesísimo
de silencio y melancolía.


                         
                              
                                                                                                      Maribelflores

miércoles, 1 de febrero de 2012

LA NOCHE RESPLANDECE

      Debía de ser una noche de invierno igual a la de ahora pues témpanos de hielo se clavaban en mi piel como puñales, aunque la luna, me guiaba en los pasos. Me devanaba en el fuego vivo de un recuerdo. Y la noche y su vaivén eran mi hoguera.
         Como un diamante el destello de los astros pulía la cerrazón de las horas y mi ambigua sombra, se alargaba irreal sobre el camino. Singular y evanescente, la mancha oscura de mi silueta estaba condenada a morir estrangulada entre abrojos. Las horas nocturnas se sumaban fragmentadas, lo mismo que en un ábaco de minuciosas cuentas y blancas pátinas. En las órbitas de mis ojos se dibujaba la noche turbadora. Y la semblanza fuliginosa del cielo revolvía sus poderosas alas y en sus ojos visionarios observé la compasión por mi ser clandestino, que contaba sus pasos, y el curso perezoso de esas altas horas. Mis pupilas dilatadas se removieron entre el cieno de la atmósfera igual que si en mis venas, una mano negra, hubiese inyectado el amargo veneno de la belladona.
          Conmovedora noche en la que acabé apresada en el beso adúltero y glacial del aire y en la sublime luz de los hados. 



Estoy sola
frente al confín                                                       
de la noche.
Con obsesión
espero
el resplandor
del las primeras luces
y el 

despuntar del alba.
En mi faz
cae
la placidez
de una estrella
y pronto caerá
el manto
etéreo de
la aurora
(coralino éter que en mi rostro se abandona)
El orbe titila
en el interior
de mi vientre
y llora la luz
si muere su oro.

                                         Maribelflores

lunes, 23 de enero de 2012

UN ATARDECER

Gimen las ramas del cedro y
en mi boca anidan  sus tristes sonidos 
y esos trémulos pájaros.
Qué puedo hacer? Si no hay descanso y
ese viento azaroso me envía en el pico
su alarido.
Qué debo hacer? Si me vigilan
unos ojos incisivos
y en mis labios se desploman
las miradas candentes del atardecer.
Ya no hay salud. Y a qué me obliga
la vejez cuando modula su crepúsculo
y un gavilán se atasca
en esa febril luz…
Así es mi interior, un sueño y
una sustancia ambarina ceñida a mi alma.
Hoy los árboles han aprendido a llorar y
sollozan conmigo
los espinos.

Y qué podría hacer?
si el disco radiante de la luna

fuese un edén muy agrio
al borde del regreso.                     

                                                      Maribelflores


lunes, 16 de enero de 2012

ERA UN TIEMPO




         La vida me condujo por lugares sangrientos. Y huelen a toxinas las venas por donde flotan tus cenizas y mi espíritu veloz. Pero son tan bellas las ruinas como los círculos concéntricos. Inventor de mi vida, mis sueños son caóticos y aquel sudario es transparente como un espejo que grita. Creador de mi cansancio, el fulgor eterno de la luna es mi alivio, y tu aliento, una ilusión. Un amaño que vomito raíces.
         Hoy es sábado, y una plegaria despierta esqueletos y adormece las hendeduras de los tímpanos y el corazón. Autor de mi voz, qué fría es esta oscuridad cuando comienza el baile de las sombras y vuela rauda la turbación. Pero qué alivio cuando el destello levanta la veda de los astros. Y qué descanso si las cavilaciones se dan a la fuga. Se pactó la hora de la necesidad y la quietud arrasa. Sin embargo, la integridad es inconsolable.
         Padre! Cómo se alarga el tiempo sumergida en esta letal inercia. 


Duermo,
y mi sueño es muy lejano.
Suspiro,
y se trasforma en bosque este sinuoso valle,
y en duendes, mis ojos abismales.
Esta noche, los doseles vuelan
por el cuarto
como las olas expuestas al aire.
Pero, ven y dime ¡padre!
dónde dormita la memoria
si en esta angostura se descansa tan placidamente.
El tiempo es un preciso instante
que se ha hecho presente
en el silencio adormecido del valle. Es la hora
y aquí se ha clavado la noche y
habrá que hacerse a la oscuridad.


¡Dios de la luz y de las sombras!
la certeza se detuvo en la estancia
arrojando primero la calma
y después la tempestad.

Mengua la luna,
y cómo podrían mis ojos negarse a mirarla.
Pero si decrece su belleza
un ingente vacío
traspone por los montes.


 (Desde Alpujarra de la Sierra, Enero 2012)
                                                                                                       
                                                                           Maribelflores

lunes, 9 de enero de 2012

SONATA PARA UN JARDÍN DESIERTO



Soy crisol y soy regazo
y un alud de nieve que baja y aniquila.
Acaricio el jardín 
y se genera una dulce alquimia.
Toco el lodo,
y se levanta la cruz que me mortifica.
Soy perpetuo éxtasis
y pertenezco
a este universo glorioso y fugaz.
Sobre mi pecho giran
la eternidad y todos los planetas
y los luceros crecen 
bajo el barro.
Soy aliento 
y aquí arde mi piel de culebra 
y en el agua perdura su reflejo.
Pero
todavía persiste el hedor de las bestias
en la fuente,
y abreva el olvido y
se estanca el porvenir y la rutina.
Arduo confín ese bronce que hoy expande la tarde.
Arduo misterio que purifica este laberinto de cometas
y árboles.
Relumbra el lodo y al cabo del día
se fulmina la faz de la tierra,
luego palidece, este universo
y la inocencia.

                                                                        Maribelflores

martes, 27 de diciembre de 2011

UN MAL SUEÑO


          Poseída por un sueño espantoso, una noche dormida lloré amargamente. De mi surgía un llanto cavernoso, que lúcida, jamás viví con tanta fuerza. Sentía la ausencia de todo y estaba atrapada en el sollozo y en un laberinto sin sonido donde redoblaba hondamente, un émbolo, con la voz de la muerte. 

          Desnuda y sentada sobre una reluciente silla, mi cabeza se reclinaba sobre el tablero de una mesa rodeada por mis brazos. El llanto consumía mi corazón. Mi esqueleto era viejo y cualquiera a mis espaldas habría podido contar con un dedo y una a una, mis vértebras. Abultaban sobre mi columna como los nudos prietos de un cordel. Mi piel yacía, en virutas contraídas. Palpaba los fantasmas del presente y del pasado. ¡Lloraba desesperadamente! Ante mí, apareció una mujer embarazada y desde su vientre salió despedido el líquido amniótico. Me rebotó en la cara pulsando de nuevo mi existencia. Sin embargo, yo sentí que me disolvía y me hacia líquida como una cascada.

         Luego alguien, al boleo, disparaba perdigones de plomo sobre mi dorso abatido encima de aquella tablazón.  La angustia que viví con la munición clavada en mi espalda, me sirvió de gruta, donde soltar todo aquel arrebato.
         Una umbría oscura lo mismo que un sótano sin ventanas, rodeaba el escenario del tablero en el que mi cabeza se posaba como un cuévano.  Mi cuerpo despojado estaba solo en medio de un acerbo escenario.  
         Desmoronada vi, como nunca habría imaginado ver, mi propia destrucción. Desperté bruscamente dando tumbos sobre la cama. Me senté en el borde con el peso de la inquietud con el miedo y sin ninguna esperanza. Dos segundos después, palpé la suavidad del día y el talismán de la luz se transfiguró en un agua marina flameando pureza entre aquel habitáculo. 
         Sin dudarlo, me reconcilié con el mundo.