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martes, 20 de julio de 2010
ESPACIOS.
A través del jardín deslizo
sin parar mi inconfundible sombra.
Empujo mi estampa tortuosa
por secretos pasadizos
donde se apilan miles de cálculos
y especulaciones.
Aquí, mi rastro, cruje como un matorral
sediento de agua.
Bajo mis pies descalzos
mis pasos se pierden
por un reguero pétreo, donde se dibuja,
el trazo negro de mi sombra.
Pero, en dos zancadas del recorrido,
pierdo mi solitaria naturaleza
y ese cable que me guía para retornar,
a la incomparable superficie de este paraíso.
sin parar mi inconfundible sombra.
Empujo mi estampa tortuosa
por secretos pasadizos
donde se apilan miles de cálculos
y especulaciones.
Aquí, mi rastro, cruje como un matorral
sediento de agua.
Bajo mis pies descalzos
mis pasos se pierden
por un reguero pétreo, donde se dibuja,
el trazo negro de mi sombra.
Pero, en dos zancadas del recorrido,
pierdo mi solitaria naturaleza
y ese cable que me guía para retornar,
a la incomparable superficie de este paraíso.
viernes, 16 de julio de 2010
ABISMOS A MIS PIÉS ...
No encuentro mejor oficio, hoy, que aplanarme en esta antesala y maquinar o inventar planes, aunque no comprenda bien, con qué finalidad. Nada mejor, esta mañana, que hacerle un agujero al asiento del sillón, implorando en nombre de la nada, que alguien o algo me revele mis futuros designios.
Pero maquinando como estoy ahora, recuerdo de repente, que hace ya algún tiempo, una noche de enero, de auténtico frío, le ofrecí a mi cónyuge un vaso de leche caliente con miel antes de irnos a la cama -nunca me falla esta golosina cuando se la pongo como cebo durante el largo invierno-. Un anzuelo más que atrayente y con el que infaliblemente, pica el infeliz.
Supongo que fui mala o al menos rematadamente diabólica y una de esas ideas venenosas atravesó como un relámpago mi mente. Un talento que poseo desde hace décadas, y por cuyo poder me he convertido ahora en adicta a pasatiempos inmorales con los que practico terapia nocturna -confieso, de nuevo, que mi cerebro es absolutamente ingobernable. Un molinete de viento impulsado en cada momento por el aire que silba en el ambiente. Esa es mi cabeza. Francamente una veleta sin ningún control. Porque mi cerebro, sin lugar a dudas, tiene alas. En fin, que durante las noches de vigilia gozo jugando al peligroso juego del ahorcado y abuso, inocentemente, de algunos personajes cotidianos totalmente ignorantes a mis peligrosos enredos desplegados, durante mis quilométricas madrugadas.
Aquella noche, se me ocurrió la idea descabellada de soltar sobre la leche, ya trituradas, un comprimido de viagra y dos somníferos. Y aproximadamente media hora después, tapada hasta los ojos dentro de la cama contemplaba muerta de risa –disfruté como nadie de un cosquilleo en los labios de auténtica pájara- a mi marido todavía dando bandazos por la habitación admirado de su abultada bragueta y en paralelo, abriéndosele, de par en par, la boca. Por su expresión de asombro estaba experimentando una innegable incredulidad observando aquel promontorio sobresaliendo entre su pernera. Desde la cama, creía adivinar sus pensamientos de escepticismo y su estado mental de clarísima confusión. Aquella atalaya que percibía más abajo de su ombligo, imagino que pensó, era ilusoria. Ahí estaba el meollo de su incredulidad. No entendía nada. Pero, al mismo tiempo de descubrirse en ese estado de inconfesable euforia, se sentía intimidado por una plomiza modorra, más gigante aun, de lo acostumbrado en él.
En realidad mi candoroso marido- hombre bueno donde los haya, pero igual de gélido que si lo hubieran parido erróneamente en el Ártico- no comprendía nada de lo que le estaba pasando de cintura para abajo.
Su mujer, a sabiendas, le había dado la pócima mágica en paralelo a su castigo, para que no pudiera disfrutar de aquel artificioso pero dulce deseo de carnes. En realidad tan necia sanción me la infringí, yo misma. ¡Estúpida de mí, despilfarrar tal ocasión de tálamo!. Confieso, que además de veleta, de vez en cuando soy también dura como adoquín y me comporto enteramente como un asno.
Cuando mi marido por fin se embutió en la cama, más adormecido que otra cosa, pero echando miraditas de soslayo a su entrepierna, sólo acertó a decir con su boca completamente pastosa y a rebosar de una letal adormidera.
_Me siento francamente pesado, habré cenado mucho, nena.
domingo, 11 de julio de 2010
ABISMOS A MIS PIES (Continuación).
Durante mis desvelos hay ocasiones en las que ciertamente valoro, el poder oculto pero sensato que despliegan los fantasmas de mis padres, cuando me descargan los dos, a cuatro manos, la cordura sobre los hombros como si fuera una de aquellas viejas talegas del pueblo, llena ahora de lecciones sedativas para el insomnio.
Su aparición resiste sólo unos segundos. Tiempo suficiente para que yo no me desmorone en mitad de una noche interminable.
Y creo oírle decir a mi madre con una voz ya muy desvanecida, -de tantas décadas siendo un fantasma- pero hablándome con mucha sensatez.
_¡He, queridísima hija, estas viva y eso es un privilegio! Vuelve a la cama. Y lo dice percibiendo mi zozobra y mi ceguera. Y en realidad, debo darle la razón en esos dos apuntes que me hace
Y a mi padre, como si todavía no hubiera asimilado que he crecido y pensara en mí y en la suerte que me espera, cuando sea mayor.
_Escúchame niñita, todavía tienes todo el porvenir por delante. Por favor vete ya a dormir.
Entonces me tomo buena nota de esas palabras tan sabias salidas de los labios de ultratumba de los míos. Después miro atentamente como brilla, frente a mis ojos noctámbulos, el negro de la noche y como se disuelve, en segundos, el vacío que se ha creado minutos antes a mi alrededor.
Pero mi padre, que sabe todo lo que sabe, le da cien vueltas al vestíbulo lo mismo que un espíritu inquieto corroído, del mismo modo que su hija, por la desolación. Y pensando en su fuero más interno, que podría cortar con un cuchillo, el aire denso y pesado de la antesala.
Ese vacío con forma de culebra, que desaparece cada noche antes de que amanezca, haciendo zig, zag, zig, zag… por debajo de la puerta y atravesando luego el frío otoñal que planea en estas fechas por el exterior de la casa y vaya usted a saber, a dónde va a parar.
Huir, huir. Siempre huir. Huir de mí. Huir por inercia tal como me dicta el pensamiento a diario. Huir de todo. Huir de alguien. Huir; simplemente, una sombra obsesiva que abarrota esta antesala de la misma manera que lo haría si fuera una apretujada muchedumbre concentrada en el vestíbulo con el único propósito de asfixiarme durante esas largas madrugadas. Pero huir de uno, no es fácil. Cuántos en su sano juicio se aventurarían ponerlo en práctica. Aunque, no sé, si por pura sensatez o nos lo impediría, a manos llenas, un miedo paralizante. Sin embargo, una vez, hace poco, puse en práctica la gran evasión. Aquello se prolongó a lo largo de un verano y se terminó por pura inercia y por consenso entre las partes, pero sin celebrar el regreso con ninguna fiesta. En ocasiones, me he preguntado, si pude sufrir entonces enajenación mental transitoria.
Existe en mí, un miedo a liberarme del pasado, y de este pesado yo. Sin embargo, no hay duda, escaparía zigzagueando bajo la ranura de la puerta igual que un infame reptil, aunque luego me carcomiera el alma, tal bajeza. Si bien, también me pregunto en comparación con mis ansias de huida. Salir por esa puerta, pero en dirección ¿a dónde?
Existe en mí, un miedo a liberarme del pasado, y de este pesado yo. Sin embargo, no hay duda, escaparía zigzagueando bajo la ranura de la puerta igual que un infame reptil, aunque luego me carcomiera el alma, tal bajeza. Si bien, también me pregunto en comparación con mis ansias de huida. Salir por esa puerta, pero en dirección ¿a dónde?
viernes, 9 de julio de 2010
martes, 6 de julio de 2010
TARDES AL SOL.
Me rodean cosas incomprensibles.
Sustancias inmóviles
habitando las tardes jugosas del verano.
Pétalos desgajándose por el sendero
de una rosaleda en flor
como si fueran labios perfectos,
que al caer, besan,
el dorso incandescente de las piedras del suelo.
En el jardín, hoy,
un enjambre de abejas
liba dentro de estas venas
y una mariposa de la col
posa su boca sobre las arterias,
y hace diana en el centro de mi corazón.
Sustancias inmóviles
habitando las tardes jugosas del verano.
Pétalos desgajándose por el sendero
de una rosaleda en flor
como si fueran labios perfectos,
que al caer, besan,
el dorso incandescente de las piedras del suelo.
En el jardín, hoy,
un enjambre de abejas
liba dentro de estas venas
y una mariposa de la col
posa su boca sobre las arterias,
y hace diana en el centro de mi corazón.
lunes, 5 de julio de 2010
Continuación de, ABISMOS A MIS PIES.
Algunas de esas noches de clarísima intranquilidad y notoria vigilia, me da por imaginar alguna forma fácil de homicidio. La falta de descanso y la incomunicación con los demás, mientras me amparo en la noche oculta entre las sombras, son horrendamente peligrosas y me hacen imaginar múltiples maldades. La soledad y la mala uva, la indignación y la impotencia que siento, noche tras noche, cuando no duermo a pierna suelta, me dan sobrados motivos para poner en rumbo este cerebro y las malas ideas. Y percibiendo que algo ajeno a mí, interrumpe asiduamente mi placentero sueño, el insomnio se me convierte en el mejor caldo de cultivo con el que fantasear con diferentes felonías.
Y heme aquí, que hay noches de éstas, que hay sentada en la antecámara frente a mi dormitorio, me entran unas ansias irrefrenables de cometer un modestísimo asesinato. Y conjeturo con la posibilidad idónea, entre otras, de asfixiar a mi marido embutiéndole un par de calcetines en la boca con el único fin de librarme de sus ronquidos. Tales resuellos, se suceden noche tras noche y son tan irritantes, que me han robado media vida de plácido sueño, además, de haber convertido mis ojos grandes y negros en dos diminutas pasas bordeadas por oscuras sombras.
Aunque en el fondo, como soy un alma cándida incapaz de hacerle daño a una humilde mosca, permanezco quieta, callada, sola como la una y sentada en el vestíbulo admirando los destellos opalinos que caen temblorosos, igual que se desploman las hojas secas de este insociable otoño, sobre estos muros. Noche tras noche, me abono a este solitario palco de mi chiquita plaza y a mi lamentable anonimato como mujer insomne. Un anonimato muchísimo más palpable, a esas horas tan chocantes de la madrugada, donde no hay amigos leales ni afectos ningunos para socorrerla a una de su propio pánico. Ni tampoco hay nadie, para liberarte de esas toscas inclinaciones malsanas.
En ese estado tan penoso de desorden mental, mis pensamientos insanos se forjan cada vez más fuertes, y a lo largo de la noche desempeñan su papel de forma absolutamente autónoma, como si fueran de otro país distinto al que rige cotidianamente mi cabeza. De madrugada deciden, por si solos, mantener un ciclo venenoso que se repite impepinablemente, en cada una de esas insufribles madrugadas de desvelo. Como si tales inclinaciones mortales contra el hombre que duerme a mi lado desde hace más de treinta años, poseyeran por si solas, el poder desmedido o abusivo de un gurú con diabólicos propósitos.
miércoles, 30 de junio de 2010
martes, 29 de junio de 2010
ABISMOS A MIS PIES (Conti....)
A media noche, la luz artificial de los neones de la calle se cuela igual que un tenebroso intruso por los vidrios de la escalera y por los ojos de pez de la cúpula. Y esa luz, deja repartidos sus brillos espectrales sobre este espacio medio vacío. Esa trama de destellos, al mismo tiempo que abastece al ambiente de una clara intimidad, le crea además una anormalidad que se traduce después en mi cabeza en sugestión y, lentamente, en sobresalto. Y a esas inhóspitas horas de sombras y de confusión, los chispazos zanganeando por las calles solitarias y metiéndose a través de los cristales en mi loca imaginación, hacen, que se me erice el vello de las extremidades y del rostro.
En la calzada, hay un faro medio estropeado y parpadea fogonazos sobre la casa. Su pestañeo es muy desagradable, sin embargo, me gusta imaginar que alguien inmaterial, un espectro de esos de los míos, me está mandando mensajes de humo y cuya principal misión es dotarme de renovada energía, a través, de esa fugaz gesticulación que descarga sobre el vestíbulo el foco abollado de la vía. Algo así, como si fueran mensajes de confianza enviados, por los míos, en el lenguaje del sistema Morse telegráfico.
En alguna ocasión una corriente de aire ha traqueteado las puertas en la penumbra de la madrugada y, no he esperado ni al segundo movimiento ni al crujir de las maderas para saltar, en sólo dos pasos, de la sentada del vestíbulo a meterme rauda en la cama. Después me quedo petrificada bajo las sábanas, como si fuera otra vez aquella niña pequeña que sucumbió bajo la tiranía de las pesadillas, cuando desfilaban por mis sueños un sin fin de monstruos, en los años siguientes al fallecimiento de mi madre.
Mi marido duerme al otro lado de la puerta del dormitorio. Con él no va mi mundo de claros y sombras. Sigue en su limbo de toda la vida, donde se hacinan dormidos los seres candorosos que gozan de una paz envidiable y de un alma hecha a prueba de bombas. Un témpano de hielo es su cerebro, cuando se trata de dormir además de otras cosas.
Como otras noches de machacón insomnio dejo una ligera abertura de un dedo en la puerta del dormitorio. Escucho continuamente su respiración acompasada o por el contrario, sus rugidos de león selvático, cuando mi hombre ronca. Esos malditos ronquidos tienen gran parte de culpa de que yo no duerma a mis anchas. Poco a poco me volví delicada y nerviosa. Pero esos modales de oso, que tiene mi cónyuge cuando duerme a pierna suelta, han condenado un sin número de mis madrugadas, a un prolongado deambular por el vestíbulo o a una sentada a media noche en cualquier lugar de la casa. Paso frío. Medito. Me hago pedazos el cerebro y cuando acabo, mi vida se convulsiona como si un gran temblor de tierra moviera de madrugada las entrañas de esta vivienda.
sábado, 26 de junio de 2010
HUELLAS.
Entre la risa y el llanto,
entre la luz y la oscuridad.
Todo era mutismo bajo los árboles.
Las sombras y el sueño,
la luz y su corazón.
Todo era silencio.
Lo invisible, el misterio
o la memoria,
que no le da intervalo.
Todo era silencio.
El infinito llanto esparcido
bajo el sauce
o la adormecida risa excavando en eljardín.
El movimiento de la tierra era silencio.
Y la tarde amontonada sobre ella,
una elipsis flotando, aquí y allí,
haciendo un monte, en el ambiente,
de un minúsculo grano de arena.
entre la luz y la oscuridad.
Todo era mutismo bajo los árboles.
Las sombras y el sueño,
la luz y su corazón.
Todo era silencio.
Lo invisible, el misterio
o la memoria,
que no le da intervalo.
Todo era silencio.
El infinito llanto esparcido
bajo el sauce
o la adormecida risa excavando en eljardín.
El movimiento de la tierra era silencio.
Y la tarde amontonada sobre ella,
una elipsis flotando, aquí y allí,
haciendo un monte, en el ambiente,
de un minúsculo grano de arena.
lunes, 21 de junio de 2010
ABISMOS A MIS PIES...
Sin embargo, al año, son demasiadas veces las que el insomnio me hace saltar a media noche de la cama y volver al asiento de brazos de madera del vestíbulo. Nunca enciendo la luz para no despertar al hombre de la casa, que descansa placidamente. Pero también, porque hay suficiente claridad con la luminosidad que recibe este vestíbulo del entorno exterior. Entonces la atmósfera de este espacio, casi circular, cuando se difuminan sus aristas de noche, es claramente más fantasmagórica y parece más pesada y menos abarcable que durante el transcurso del día. “Es la hora de los espectros” y mis padres muertos flotan en este ambiente sobrecogedor de la madrugada, como si fueran lámparas gigantes colgando de la cúpula tratando de borrar de mi imaginación cualquier esbozo de negros pensamientos. Mi padre en tono sepia y vestido de soldado raso y mi madre en blanco y negro y con la mirada triste de quien se sabe condenada a la infamia de la muerte y más tarde al olvido. Cuando el insomnio me ataca sin piedad alguna, los dos salen fuera de ese portarretratos que hay sobre la cómoda y revolotean alrededor de mí, como las polillas nocturnas batiendo infatigables sus alas, sobre cualquier punto de luz. Aunque sus semblantes están detenidos, en ese fotograma inalterable que vive varado desde hace años sobre mi mueble.
A media noche, si yo los invoco, saltan desde ese retrato como fantasmas deseables o como visitas, que se saben veneradas y respetadas y a las que he perdido hace años el miedo. Por el contrario, a solas con esos cuatro ojos clavados sobre mí, me seduce la idea de reiniciar antiguas conversaciones que se quedaron a medias. Por supuesto ya es demasiado tarde, para andarse ahora con milagros imposibles ante tan ansiadas apariciones. Pero, si quieren como si no quieren, les hablo a solas. Nadie me contesta, desde luego, pero imagino que están ahí, flotando, y ansiosos de servirme. Como si esa relación tan extraña y fantasmagórica que mantenenos entre los tres, deseara valerme ahora para algo beneficioso. Y por primera vez, razono, que la estoy utilando para algo productivo.
Pero, cuando tengo esas ideas tan sorprendentes que suelen confundir, en exceso, mi imaginación. Ahí sentada durante la madrugada y en noches de puro invierno, bajo la puerta del vestíbulo se cuela el frío de la madrugada, ese frío de fuera, gélido y antiguo. Ese frío descomunal que cala hasta los huesos aunque una, obviamente, este bajo techo. Ese frío que hace que me estremezca. Un frío, que entre la penumbra de este espacio mío, hace que se intercambien las situaciones y las estancias. Y me veo en mi primera casa mirando absorta la amplísima sonrisa de mi madre mientras marca su cotidianidad trabajando por aquella casa y, a su vez, la veo, que ella me observa a mí con embeleso, satisfecha de lo que parió su cuerpo.
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