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lunes, 5 de abril de 2010
EL IDIOMA DE LAS TÓRTOLAS.
Deseó acariciar
aquel dorso blando y suave
y lo recorrió con sus dedos
como si caminara de puntillas.
Extenso campo de mansa hierba,
imagina,
por donde su su aliento volaba
tan obediente,
como sus rendidas manos.
A tientas, se anida,
entre la madeja misteriosa de unos brazos
y de una boca, ansiosa de otros labios.
Su cuerpo de aire
rodaba bajo un cielo púrpura,
pero hundido entre el rumor del alma
y el ocaso de la tarde.
aquel dorso blando y suave
y lo recorrió con sus dedos
como si caminara de puntillas.
Extenso campo de mansa hierba,
imagina,
por donde su su aliento volaba
tan obediente,
como sus rendidas manos.
A tientas, se anida,
entre la madeja misteriosa de unos brazos
y de una boca, ansiosa de otros labios.
Su cuerpo de aire
rodaba bajo un cielo púrpura,
pero hundido entre el rumor del alma
y el ocaso de la tarde.
domingo, 4 de abril de 2010
ABISMOS A MIS PIES (Continuación)
Mi abuela paterna al lado derecho del portarretratos hierve de cólera indignada de ver la historia tan distorsionada que cuento, y por lo que veo, con la que no está en absoluto de acuerdo. Así que de pronto comienza a mover los labios, como hablando para ella, entre dientes. Una habilidad autómata, engendrada, bajo la autocracia que le impuso la tiranía del machito de mi abuelo.
Detrás del cristal del portarretratos, parece un dibujo animado haciendo muecas de estupor y de enojo. A mi anciana abuela por fin le sale fuera del retrato la voz cansina y dura y aquel pensamiento coherente del que era dueña. Mi queridísima abuela, me pide, en estos momentos, que no diga barbaridades a destajo.
_Niña esa descripción de los hechos es tan retorcida que te dará dolor de cabeza además de considerables remordimientos.
Desde que murió primero mi madre y años más tarde mi abuela paterna, por turnos, las dos se convirtieron en el Pepito grillo de mi conciencia, por otro lado, un ente casi incontrolable.
_ Pero niña porque hablas esos disparates_ me dice llevándose sus dos manos a la cabeza. Por lo que yo recuerdo tu abuela materna te quería. Vamos que si te quería. Ahora mismo, deja de decir tonterías que suenan a maldades y bosquejos de maltrato.
Y en mi boca resentida se me cuela de pronto la reprimenda tal como si fuera una abeja enfurecida picando para hacerme daño.
_Maldita seas niña_ denuncia entre dientes. No ves que la infelicidad entonces nos arruinaba la vida. Crees que estaban aquellos tiempos para golosinas, balbucean sus frustrados labios.
Cuando ella acaba su pelea conmigo, yo me muerdo también mis resecos labios frente a ese retrato que de repente ha cobrado unos segundos de vida, e imagino, ese supuesto imposible, de que alguien, en aquel tiempo de pegajosas moscas, de azada y de ausencia de abrazos, me hubiera alcanzado la luna y me la hubiera puesto, como un pan tierno, bajo el brazo.
ROSTRO CON PAISAJE
Densas sombras violáceas
modelan la aureola de sus ojos.
Sombras, que hacen su mirada
algo más profunda y su pensamiento, más inaccesible.
modelan la aureola de sus ojos.
Sombras, que hacen su mirada
algo más profunda y su pensamiento, más inaccesible.
lunes, 29 de marzo de 2010
ABISMOS A MIS PIES (Continuación)
Cuando mi abuela materna sacaba la rasera para medirse con los demás se comportaba lo mismo que un arco muy tensado, y aquellas flechas empitonadas, salían de su boca, forzadas, por un nervio imparable que disparaba en numerosas direcciones y frenaba, segundos después, en todos los blancos desplegados en su punto de mira. A su alrededor, absolutamente todas sus paranoias, tenían que funcionar a golpe de autoridad, zumbidos de voz y mano dura. Mi abuela, sin duda, era recta como un bastón de mando y tenía tan malas pulgas que sus dos manos, se mantenían, tan huesudas como férreas.
En realidad debería pasar de escribir toda esta basura. Debería pasar de remover en esa podrida pocilga que huele literalmente a mierda, pero esta refriega matutina lanzada a la red sin esperanza de respuesta alguna, me desahoga mucho y es probable que hasta me haga feliz por el servicio terapéutico que me presta, a cambio, absolutamente, de ningún esfuerzo por mi parte.
El año siguiente al fallecimiento de mi madre yo vomitaba todo lo que comía. Y de la escuela, mis bragas y leotardos, llegaban a la casa, embarrados de orines y mierda. Jamás olvidaré aquellos sórdidos y vergonzosos días.
Sin embargo, la comida que vomitaba sobre el mismo plato donde comía, mi diminuta abuela, me la hacía tragar de nuevo en aquel instante y si algún día me dejaba el almuerzo a medias, la guardaba impasible para el otro día. Pero si era verano, como entonces no había nevera, por más que el plato fuera a parar al alfeizar de la ventana y al fresco de la noche, a otro día me comía el potaje agrio. ¡Tenía redaños! mi vieja.
Pero, cuando llegaba de la escuela embarrada en mi propio lodo, lo primero que hacía era baldearme a barreño limpio, como si la superficie de mi trasero hubiera sido el espacio sucio de un patio enlosado. Me echaba el agua por encima de los cachetes del culo, lo mismito que si me hubiera caído por la superficie delicada de mi piel de niña, una caricia helada. Y al punto de dar por terminada la refriega, cobraba de cachetazos en el culo echada boca abajo sobre sus piernas y, cada vez que me soltaba uno, arrojaba al espacio de aquella enorme sala, convertida en cocina-comedor, la cólera de verse avergonzada por mi conducta indigna, llevada a cabo en un lugar tan sagrado, como lo era entonces la escuela.
-Cuando crezcas me lo agradecerás, decía. Yo en mi interior la maldecía igual que si me hubieran pinchado con el huso envenenado de una rueca. !Huy! cuanta humillación y cuánto dolor innecesario.
El resentimiento hacia mis congéneres, por aquel tiempo, trepó por la boca del estómago hacia fuera, y como las plantas, solo se detuvo lo justo para hacer un paréntesis y arrancar los pétalos de rosa, que de vez en cuando, me ofrecía, la cruda realidad.
El resto de uno de aquellos días, de lazos hogareños y de atracón de parientes, se sucedía como puro resultado de aquel derramamiento de fuerzas.
jueves, 18 de marzo de 2010
ABISMOS A MIS PIES (Continuación)
Detrás del cristal del portarretratos, los rostros venerables de mis dos abuelas tienen el aspecto de estar muy ajados aunque parezcan vivos. Pero además, de esa tez ajada, de esos dos rostros resecos, mana, una cálida intimidad como si los desnudara delante de mis ojos cada vez que los miro. Es una nostalgia morbosa que me trae la media luz de la habitación en donde escribo. Aquel mundo intranquilo de la infancia, que siempre desee perderlo de vista y de la memoria, se comporta, a menudo, como un imán de cuyo poder no puedo ni quiero despegarme por ahora. Su confuso archivo siempre está dispuesto para abrir esa colección de indescifrables páginas.
La fotografía de mi abuela materna es una fotocopia en blanco y negro.
El duplicado, lo saqué de un libro, que circula desde hace cuarenta años por las bibliotecas de la provincia. El libro es una publicación sobre los pueblos de la sierra. El estudio antropológico, creo recordar, lo elaboró un investigador de los países Bajos. Cada equis páginas, aparece una fotografía a gran tamaño con las gentes rudas del lugar. Al parecer, mi abuela materna, era un buen prototipo de lugareña.
La anciana sale en el retrato, pelando patatas, con un cuchillo cogido en una mano y en la otra tiene una papa pelada y blanca y, por encima del dorso de su mano derecha, cae en espiral la peladura de la patata, suspendida pero a punto de romperse. Ella mira desafiante a la cámara con sus rasgos duros, sus muchísimas arrugas y sus ojos consumidos por los años, el trabajo y las desgracias. Pero a pesar de esa tremenda vejez que denota su cara, en esa instantánea, mi abuela tendría escasos setenta años. En el retrato tiene puesto un vestido negro, tal como vestían todas las ancianas de mi tierra. Está huesuda y sus brazos, que asoman desde las mangas del vestido, codos abajo, son dos carrizos de piel plegada y huesos.
Mi abuela materna era pequeña, tenía joroba y mucho carácter. La joroba le salió, según oí una vez cuando era joven, después de caerse del lomo de una bestia encabritada. Aquel batacazo le tronchó su espalda.
Aquella anciana se parecía a la madre Teresa de Calcuta. Sin embargo, mi predecesora, se alimentaba a diario con una considerable mala uva. Aunque pensándolo bien, mi malhumorada abuela, cocinaba como una monja de clausura y sus guisos sabían a gloria del cielo. Pero era una mujer tan rigurosa y extremada, que acababa asfixiando la condición bonachona de mi abuelo, su marido. El viejo, era su principal peón. El miembro más apacible de la familia y el que mejor bailaba al ritmo marcial de la percusión que tocaba, continuamente, mi abuela materna.
Cuando murió mi madre, su carácter autoritario engordó hasta el infinito. Su desconsuelo lo transformó en un escozor que estaba presente en casi todos sus actos. Aquel primer año lo pasé a su lado. Un calvario que no pude tragar por aquella boca diminuta de criatura enclenque y muy poca cosa.
Su gran potestad era infinitamente superior a mi tragedia. Volví al pueblo como una muñeca estropeada y pasé de una vieja a otra vieja, como si hubiera saltado de casilla en el juego de la oca.
El mundo era entonces muy viejo, muy traicionero, miserable y dramático como si alguien lo hubiera derribado, tan a mi lado, que me hizo perder en un pis, pas, la inocencia y las risitas bobaliconas de los niños mimados por sus progenitores.
jueves, 11 de marzo de 2010
POSOS.
Perlas negras brillando bajo las ondas del agua.
Son los ojos
de una mujer mirando entre su soledad.
Joyas apagadas y endurecidas
como su propia existencia.
Entrañas de la fuente
en las que se reflejan, por igual,
el rastro opaco de la turbación
y los geranios encarnados de los filos.
Apariencias, suavizadas,
en lo profundo de ese líquido.
Formas enredadas en dulces carantoñas.
Exquisitas flores,
iluminando un perfil que no tiene descanso
y cuya sombra se esboza bajo la claridad del agua.
Ese rostro que finge estar flotando
o dibujado.
Son los ojos
de una mujer mirando entre su soledad.
Joyas apagadas y endurecidas
como su propia existencia.
Entrañas de la fuente
en las que se reflejan, por igual,
el rastro opaco de la turbación
y los geranios encarnados de los filos.
Apariencias, suavizadas,
en lo profundo de ese líquido.
Formas enredadas en dulces carantoñas.
Exquisitas flores,
iluminando un perfil que no tiene descanso
y cuya sombra se esboza bajo la claridad del agua.
Ese rostro que finge estar flotando
o dibujado.
martes, 9 de marzo de 2010
ABISMOS A MIS PIES (Continuación)
Después de indagar en esos dos viejos retratos de mis antepasados, el estruendo de una puerta en la planta baja, ha enmudecido el análisis algo temerario de mi cerebro. A continuación, una sombra extraña e inquieta se revuelve entre los estantes de la biblioteca, me reprende y me ruega, por favor, que deje a los muertos en paz ya que no pueden defenderse de esa embestida expuesta anteriormente.
Una pausa angustiosa cae sobre la habitación. Pero, la sombra, por ahora, me abandona a mi suerte.
Pasada esa pausa, mi cerebro sigue erre que erre, es terco como una mula y olvida pronto a ese fantasma que ha pedido, que me arrepienta, del giro que ha tomado mi conversación con el ordenador.
Qué os parece. Por qué habría de tener motivos para abandonar tanta confesión. Qué lógica tendría, abandonar una empresa cuando todo está por hacer o, en este caso por decir. No es cierto que el temor no debiera coartarnos para sacar a colación aquello que deseamos exteriorizar porque nos oprime el corazón desde hace años, tanto como nos domina la duda o la desesperanza.
Tal vez por eso decido seguir, aun a riesgo, de que algunas sombras aparezcan de cuando en cuando y remuevan en mis tripas con el argumento manido, de retractarme de mi declaración. Tal vez, esas sombras, envenenen mi razón con viejas culpas. Pero yo sigo imparable. Ya nadie debería abalanzarse contra lo que hoy pienso de lo que eché en falta alguna vez.
En el portarretratos que hay en frente de mi rostro, he colocado a mis dos abuelas juntas. Son dos fotografías distintas que han ido a parar, dentro del mismo espacio de un marco.
Si observo atentamente los rostros arrugados de mis dos abuelas, he de reconocer que físicamente, me parezco a ellas como un huevo se parece a una castaña. Es decir bien poca cosa. Sin embargo, a otros niveles heredé, de una, el brío y la terquedad, y de la otra, la mala costumbre de rumiar a todas horas. A veces, bisbiseo entre pasillos mientras recorro el jardín o la casa. Pero maldita la gracia que me hace esta herencia de mujeres excéntricas, porque Dios sabe hasta dónde llegaría este testigo que me pasó mi abuela paterna, si quisiera echar la vista atrás.
Cuando me sorprenden en falta mi marido o mis hijos, me comen con la vista, se burlan de mí, y luego me hacen ver, que voy hablando a solas por la casa. En ese momento confieso que me atizaría de guantazos a mi misma, como si hubiera cometido un error irreparable que me deja desnuda ante los demás con particularidades, tan íntimas como ésta, expuestas ante la concurrencia y que se juzgan, publicamente, como las maneras de una pobre loca o al menos de una mujer extraviada entre pasillos, pero caminado con esa mente rumiante de animal bovino.
viernes, 5 de marzo de 2010
CAMPANAS.
Repiques de alivio
y cascos de feria y de recreo.
Oh, goce
mi voluntad tiene un antojo,
que llegue el caballo
y me acaricie el alma
con las crines del cortejo.
Oh, luna cercana
anúnciate como es debido
en el quicio de la puerta
y deja entreabrirse, de nuevo,
la pista del deseo.
Oh, vida intolerable
lisonjéame con flor y cielo
y funde entre la niebla
mis tristes ojos
de estrella melancólica.
y cascos de feria y de recreo.
Oh, goce
mi voluntad tiene un antojo,
que llegue el caballo
y me acaricie el alma
con las crines del cortejo.
Oh, luna cercana
anúnciate como es debido
en el quicio de la puerta
y deja entreabrirse, de nuevo,
la pista del deseo.
Oh, vida intolerable
lisonjéame con flor y cielo
y funde entre la niebla
mis tristes ojos
de estrella melancólica.
jueves, 4 de marzo de 2010
ABISMOS A MIS PIES (Continuación)
Sentada delante de esta mesa de cristal velado, oigo borbotear los retratos de mis antepasados como si quisieran llenar con su ruido el vacío de este cuarto de trabajo. La biblioteca está ubicada frente a mí y entre dos paredes unidas en ángulo recto.
En la estantería de la izquierda dos viejos retratos me recuerdan que una vez, de niña, pasé una temporada en la capital de España.
Mi madre llevaba un año muerta.
Uno de esos retratos es de un hermano de mi abuela paterna a cuya casa fui a parar en aquel tiempo, pero cuando mi pariente ya había muerto. En el retrato está muy guapo. Pero mi tío abuelo sucumbió encarcelado después de terminar la guerra. Hay algo en él, que me recuerda a mi padre y al único hermano de mi padre, que aún sigue vivo. Quizás ese paralelismo se me muestra por sus cejas espesas, su mirada clavada pero serena y sus gruesos labios. Esencias que identifican a los hombres de mi familia, incluidos mis dos hijos.
Al lado de mi pariente tengo colocado el retrato de su hija. En la fotografía debe tener nueve o diez años. La niña aparece vestida con un atuendo de pastora. Tiene un sombrero sobre la cabeza y una pandereta cogida entre sus manos. La instantánea debió tomarse para las representaciones de la escuela, durante alguna Navidad. Era tan guapa como su padre. Pero cuando yo la conocí tenía algo menos de treinta años. Y en aquel entonces era una joven muy delgada y admirable. Ella fue un relámpago indispensable durante el tiempo que duró mi paso por Madrid. Irradiaba mucha vida y se convirtió, en aquellos largos meses, en mi hada protectora. Era divertida, paciente y apasionada. Trabajaba en una entidad bancaria pero antes había sido novicia en una orden religiosa. Lo dejó, aunque no recuerdo por qué. Sin embargo, puedo suponer, que su alborozo y su rebeldía no casaban con la vida sumisa de un convento. Pero le quedaba esa bondad que le llevó a imaginar, alguna vez, que podría realizarse o ser feliz dentro de una orden religiosa.
Hace cinco años hablé con ella por teléfono después de un silencio, entre las dos, de cuarenta años. Tenía el mismo timbre de voz que yo recordaba. Se lo dije. Desde el principio de la conversación parecía, que habíamos hablado el mismísimo día anterior. Todavía existía aquel vínculo invisible entre nosotras. La conversación salió sola. Las taquicardias a uno y otro lado del aparato, nos intranquilizaron pero tratábamos de encubrirlas. Aunque la voz temblona nos delataba a través del teléfono.
Pero quien realmente me cuidó aquel año en Madrid fue la esposa viuda de mi tío. Aquella era una mujer sin corazón, de mano dura, golpe fácil y muy irritable. A menudo, me atemorizaba. Su presencia me daba frío. Su mano ligera silbaba en el aire hasta que se plantaba en mi cara o en mi trasero. Rabiaba como una histérica a todas horas. Era un esperpento que vino a parar a mi infancia de huérfana, no se cómo. En todo caso las razones por las que llegué a la capital de España nunca fueron del todo justificadas. Sin embargo, si sé, que respirar en aquella casa, lo recuerdo ahora, como una tarea ardua o como si me hubieran castigado en el infierno.
Enfermé de forma grave en aquella ciudad. No comía y me quedé tan anoréxica que mi vida peligraba. Supongo, que además de tener dentro de mis intestinos un gusano -una tenia- que me estaba comiendo las entrañas, enfermé simplemente de pura y clarísima melancolía. Porque cuando mi joven prima estaba en su trabajo, aquella mujer agria y de pésimos atributos morales se ensañaba conmigo, sin miramiento alguno. Daba cachetes en mi culo hasta hacerme moratones. De mí, le irritaba todo. Aunque sospecho que no era nada fácil tratar con la insubordinación que me habían dejado los traumas.
Sin embargo, aquellos tiempos tan adversos trajeron hasta mí, de forma inconsciente, la rebelión contra mi padre, cuya estela, me duraría toda la vida.
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