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jueves, 5 de julio de 2012

QUISIERA


Quisiera vaciarme en el silencio mismo
y sin voz,
sin lenguaje,
estéril o fragmentada
abandonarme
en el gesto arrancado a la desesperanzada.
Sonrisa mía,
expulsa el sueño eterno de este plasma
perpetuado en mí,
ahora,
que se apodera de la noche
del tiempo
y de la nada.

Quisiera destejer palabra por palabra
y trenzar moléculas de lluvia con mis labios
o con las luces prístinas del alba.
¡Oh mi Señor! vivo con una mano en la garganta
pero es la niebla
el tacto que me oprime esta faringe,
y es el silencio y
las ausencias
y todos los rostros destruidos
o la misma turbación,
la que acaba con mi dulce intimidad. 

Quisiera anticiparme al último gozo
a la última licencia
a esta salvaje vuelta de baile,
¡a la certeza!
o al cuchillo de la carne
cuando balbuce este miedo
que demuele mi nombre
o me desgasta. 

 
                                                      MARIBELFLORES

miércoles, 27 de junio de 2012


 
 Imagen de la red
 
Me está enfilando desde su borde más gélido
y ultima mi póstumo destino.
Menesterosa, se relame con mi desesperanza,
pues desde que la conozco,
sabe,
que mi lengua se desangra
mientras ella se inventa,
nudos brunos,
con mi largo apéndice.
Se oculta en el sonido de una bala
y en las noches más combas
se hace la ciega detrás de mi pálida semblanza.
Desvelada,
me oye llorar y
humedecer este sudario antiguo
y blanquísimo.
Lienzo de escarcha, anoche,
como nunca,
tu contacto conmigo,
fue glacial.
Vive ahogada
adentro de mi misma
pero etérea, se oculta,
en la desgarradura de mi orondo vientre.
En mis venas, se vuelve,
terriblemente espesa y
como las bolitas bruñidas del mercurio,
desciende despacio
pero letal.
Se esconde de mí, pero yo
presiento
su tóxica belleza, habitando en un retazo
de mi cuarto.
Es tan veloz
que, gota a gota,
está rebanándome mi existencia ácida. 

                   MARIBELFLORES         A, Chantal Maillard (Admirada poeta)

  POR FAVOR, SEAN CREATIVOS, NO PLAGIEN.

jueves, 14 de junio de 2012

LO INVISIBLE


Ya es la noche de pétalos
y astros.
Densidad y
llanto
y miradas invisibles
contenidas en el ámbar
o en los brillos del negro -azabache-
Noches de fuego
prended una plácida existencia en estos
sediciosos ojos.
Pues ya es la noche
y voy herida de silencio o
de muerte,
o de fulgor.
¡Ah! transparencia,
lo primero que amó
mi corazón.
de esa lóbrega argamasa
-de esa nada encendida-
fue su belleza.
¡Emisión de seda!
o porciones amarillas
de luz,
deslumbradme,
en éste
otear mudo.
Socavón  pulido y gloria inefable,
a donde irán a parar, 
clemencia y
desahogo
o confusión palpable.



                                                           Granada, junio. Maribelflores

lunes, 4 de junio de 2012

ERRANTE VOY


Plomiza tarde de agua
 me llega la nostalgia
 envuelta
en filtro repentino.
¡Tierra negra!
Ajena tierra, aún sin alma.
Lírica del campo
como aliada mía
¿acaso piensas en mi desaparición?
Lánguida calma,
cuando miro el valle
 la vida se aquieta
y sobreviene manso
el recuerdo
y la pureza que lo aísla.
 Mil pasos crecen
tras los árboles
pero en la fosa de mi boca
se expande el  gran gemido.
A ese pozo abisal
sube lenta la agonía
y corona
de espuma
todos mis sentidos.
Huérfana de niña
y luego, de patria…
 acumulas el dolor en la piel  
como el claroscuro
de un abismo.
                                                                           
                                                       Maribelflores  (desde STADE, Alemania)

sábado, 26 de mayo de 2012

SI VOLVIERA



Si volviera radiante
como yo lo vi
recogiendo rosas
sobre el lecho
 y derramándolas
sobre el universo de mi carne.
Si volviera el hombre,
si regresara,
envolviéndome 
con sus palabras dúctiles
de barro  (Sed o beso)
Si volviera aquel yugo
que estuvo
rozándome el velo de la boca.
Si se alzara de nuevo
el resplandor del ídolo
y se cubrieran
los cielos
de un temblor inmenso.
¡Clamorosa aurora!
Luminosa
¡Deslumbrante mañana!
Si volviera aquel tiempo
de palomas en la cara
…  aquella dulcísima muerte,
desvanecida
bajo la luz. 

                                                               MARIBELFLORES

miércoles, 16 de mayo de 2012

EL BOSQUE SECRETO


     Sobre un colchón de hierba duerme la hechicera del bosque expuesta a la corrosiva intemperie. Pero no conviene ponerle el dedo en la boca pues lame la niebla de la fronda como si fuera una pócima mágica que le sabe a sal de mar. 

     Por el camino secreto del bosque, entre el ramaje de un árbol tupido de hojas,  una lechuza pone un huevo impecable. El ave reina a sus anchas en el nido mientras un rayo de sol cruza la espesura, y le ilumina su volátil plumaje.



     Una cabaña de madera está en silencio en mitad del bosque, y del alfeizar de la ventana de ese frontal exterior, penden cristalinas gotas de agua. Pero si se pega el rostro al cristal del tragaluz, la mirada penetra en la habitación donde se ve encendido un hogar, cuyas llamas, suben y bajan suspendidas.

      En el aire húmedo y frío del bosque se adentra el guía de este laberinto, y esa hondura, no me deja respirar. Exhausta de tanto caminar y de andar largas veredas y no ver ningún rostro, disté de golpe, ocultos tras un tronco de árbol, dos ojos enormes fisgando en mi deambular. Aunque esos ojos, tienen el mecanismo rutinario de eludir esta mirada cuando yo busco descubrir en sus pupilas dilatadas las extensas filas de los troncos. Así pues, mi pecho, hinchado en esos momentos de oxigeno, durante breves segundos, se puso en estado de alerta.
 
     Pero seguí caminando con los brazos desplegados y los pasos resueltos y mi espíritu abrazado al bosque. El corazón me bombeaba haciendo las mismas ondulaciones del camino. Mis pies tocaban las cepas de los árboles y con los dedos extendidos, tanteaba, palmo a palmo, las frondosas copas.  Mi cuerpo entero se creció ansiando la plenitud visual. 
¡Háblame bosque!
o calla.

Maribelflores (Desde Baja Sajonia, Stade, al norte de Alemania)

lunes, 7 de mayo de 2012

A YAGO.


         A Yago le brota el fuego por el hueco de la boca y en segundos se le extrapola la descarga como a un relámpago. Yago es un dragón y de las llamas de esa bola encendida le manan tinieblas invisibles.
         … Yago, el violonchelo tañe su agonía y dobla a mar revuelta y al caer las olas, se troncha en pedazos su rumor cíclico. Pero debajo de esas volutas de agua y sal, se amontona la angustia sobre el tul nacarado de la arena seca. 
         Yago, del subsuelo emerge un sonido atronador de placenta y su fragor me retumba y tu nombre detona y sale propagado por todos los rincones del planeta.
         ¡Veta sobrecogedora, ensordece mi ceguedad!
         Pero si no amo Yago, si no me entrego, si mi pecho enmudece, si en la noche se extinguen los astros, el desorden se empeña en revolver mi erótica y pronto imagino vampiros cayendo sobre mí desde esa negrura que muerde sobre estas arterias brillantes. Si no amo Yago, sospecho que mi memoria exclamaría su enemistad contra el deseo y no habría respuesta capaz de aliviar ni mi sed de ti, ni mi agonía.  Y en la verdad de la penumbra me pregunto si eso no sería mi perdición o morirse por nada entre colmillos afilados. Pues en la noche, Yago, los resucitados, van perfilando mi silueta con hebras de espanto mientras mi corazón trepida ¡muerto de hambre! 

         Yago quiero copular contigo y que nazcan alimañas del acto. Pero por qué no escarbar en ese osario de agravios, por qué no despedazar tus genes implacables, por qué no hurgar en tu minúscula misericordia y con tu estricta mano cavar un hilillo endeble de luz en tus vísceras.

         Resopla el viento en mi destierro Yago, o es qué me suena a un aullido lejanísimo de lobo. Pero si brama la tierra, si muge la música de un violín con sus llagas de azufre, el mar al fin se quedará tranquilo. El mar azul que no descansa en su confluencia con el horizonte. Y allí…  perpetuamente lejos, resopla este compuesto de cianuro y este dulcísimo combinado de esclavitud a ti. 
         ¡Yago,Yago! Estoy frágil, y en mi desaliento he pensado disolverme en polvo y sobrevivir en el interior de tus huesos. Aunque mis limaduras se harán compactas dentro de la carcasa de ese esqueleto y yaceré para siempre tiesa, y como una vela de entierro me estiraré en ese cerco donde por el contrario se riza una serpiente. Una boa que luego repta sobre mí y entra como un hombre a través de mis piernas. Pero cuando el reptil se despierta Yago, no puedo negarlo, me asusta como un ídolo corcovado. Pues se alarga tanto el tramo de la liberación, que al día de hoy soy un puente y bajo esas ruinas fluye un talud de barro y, cómo me pesa el fango en esa soledad. Como la losa marmórea de los siglos. 
          Me siento yerma, Yago, excluida, infeliz y abrazada a un virulento arsenal de guerra. Y huyo Yago, pero no lo dudes, voy a desintegrarme lejos. Voy a desaparecer bajo la lluvia mansa de una ciudad sin nombre donde no habrá sol, sólo tu éxtasis de daño. Sólo , evaporado y mudo. 
         Yago, ya silban los cuchillos que cortarán tu cabeza. Ya escucho los estertores. Ya eres polvo Yago. Ya me rodea un cerco de llanto. Ya vibran mis ojos como si retornase lo que ha desaparecido. Lo que nunca fue.

Huyo
consciente
 de que el amor es un viento
un suspiro
que cruza veloz el corazón.
Y me pregunto
si no es un misterio
que se derrumba.
Una belleza invisible
que no existe.
Una niebla que nace y muere
en el alma
ante el pavor de la muerte
que estuvo
 expiándome.
                                                         Maribelflores

miércoles, 25 de abril de 2012

EL TIEMPO MUERE Y RENACE


HUMO NOCTURNO

Entre la luz de mis sueños
paso en calma la noche
y me veo oscilar
o enmudecer.
Y soy cielo, soy lirio
o nada soy
salvo un gesto.
Un viento
cruzando ese inconsciente insepulto.

Materia de alas,
me circundan visiones de pájaros
y todo lo demás, lo percibo sedoso.
¡Ah! si no amara ese paraíso de Dioses
dibujado en esa irrealidad.
¿Pero quién sabe lo que siento
si he de morir sola,
si he de vivir entre el silencio del humo
nocturno?

Ser ambiguo
hay en ti un antiguo temor
tan pronto olvido
tan pronto
evocación,
tan pronto aflicción tremebunda.

Bajo las sombras soy,
vivo revoloteando,
mas, 
cómo punza ese fantasma oculto en mí. 


BRISA DE ABRIL

¡Verdes campos!
Y a mis oídos sube un rumor de rosas
como un silbido alado
que pasara de cerca.
Y hay un placer,
unas notas vagas en esas fragancias
que arrastran de todos mis sentidos.

¡Gloria a los árboles! Gloria a los pétalos
que no cesan, año tras año.

Porque adoro las rosas
del amanecer
y amo esa plegaria
que abrió una llaga entre el púrpura.   
Pero contemplo la aurora
como si fuera el principio del mundo.
¿O para qué nací yo, sino
para ir al encuentro de esos flamantes rayos?


                                                                       Maribelflores

jueves, 19 de abril de 2012



         A distancia, la mirada absorta de Manuela se entendía como un gesto sosegado que bañaba su rostro arrebujado de anciana. Sus ojos embelesados jamás se viraban súbitamente de un lado a otro, sino que giraban palmo a palmo siguiendo el mismo peregrinar que rodaba en el planetario del cielo. O quizás perseguían algún surco alejado de ese universo milagroso de los espejismos. Con los ojos abiertos su campo de visión era fugaz, blondo o lacrimógeno, pero de vez en cuando sus párpados se le caían adormecidos. Descendían pesados y como los de un alma embelesada en un mundo onírico preñado de reclamos. Pero cuando abría sus ojos y volvía a la vida desde aquel reino nebuloso, su mirada de fidelidad escudriñaba aquel espacio refulgente.
           Segundos más tarde, se removía la humareda de la casa. 
         Algo aturdida, al avivarse de nuevo su vida dirigía sus ojos hacia el haz de luminosidad que entraba por el gran ventanal. Algunas veces se columpiaba sobre la mecedora y su cuerpo longevo, durante la traslación, simulaba un péndulo que acompasaba la vida suspendida del Callejón de los Gatos. Los ojos grisáceos y blancos de Manuela tenían esos matices vagos de alas de las palomas. Y cuando su mirada volaba,  se quedaba gustosamente clavada sobre el tamiz de la luz. Esa mirada desvaída nunca pestañeaba sino que respiraba y sufría un encadenamiento lechoso hacia la luz. Pero con aquel palmo pautado de mirador abierto, disfrutaba de un excelente ángulo de enfoque al reducido cosmos del callejón.
          Desde aquel muro que sellaba el callejón,  caía inextinguible entre la boca de una gárgola, un caudal rumoroso de agua sobre el vaso de un pilón. Y desde el hueco de su ventanal Manuela escrutaba las manos, el ropaje, el andar y el rostro de la vecindad en su ir y volver del agua hasta el hogar.

           Ella se remueve en la hamaca.
        Ella se pregunta y a veces deja atrás ¡y mira! y se resigna a ese continuo viajar suyo y del vecindario que nunca descansa.

          Pero fue en el calor soporífero de aquel verano de lentitud y paciencia, cuando escuchaba el clamor de su viejo moribundo postrado en cama.
         _Manuela ya has perdido de nuevo los sentidos. ¿Verdad?
          Siempre zanganeando.
          Siempre revoloteando.
         _Vieja haragana, despabila. Cámbiame de postura que se me clava en el costado el borde de la cama.
         Pero Manuela eternizaba sus movimientos y en vez de andar inhiesta hacia la alcoba, sus piernas oscilaban al ritmo lento de su emotividad. Su cuerpo blando de anciana se movía creando ondulaciones axiomáticas pactadas en dos segundos con su gastado organismo.

         Ella flaquea delante de él pero aprieta los dientes y hace una pausa compasiva  para no llorar. Después gira su rostro por si es posible aún no menguar tanto y de nuevo agacha las orejas y cede a la iniquidad.
             Cuando el día llega al final, el desahuciado vuelve a vocearla.
          _Manuela, ese caldo, que de algo me habré de alimentar.
       Y como si fuera el eco, escucha por duplicado y por triplicado ese gruñido y su descenso interminable hacia la sima. El rugido viene de la alcoba con la misma naturaleza que sale la ruindad del infierno. Y de esa alcoba  viene además la oscuridad.
        Pero ella busca la dirección del viento. Ella va detrás de esa asonancia tan viciada que la rebasa con toda regularidad. Ella está completa, acabada… pero alza al techo sus ojos cenicientos de paloma y escudriña el espacio y su silencio asciende con gran precisión.

         _Fósil. 
         ¡Inmunda anciana! por qué te demoras.
        Mujer pánfila, vieja inepta, zopenco…  y el desahuciado lanza su polémica al otro extremo del lecho.
         Ella camina titubeante alrededor de la cama. Él la mira y ella baja la cabeza. No hay esperanza. Entre sus ojos, la gran distancia. Pero llega un mal viento y la pasa. Ella da diente con diente y el pocillo de sopa tintinea al tocarse con el plato. El caldo se vuelca y la anciana se gana otro careo con una retórica de agresión que provoca el caos. La boca sucia del viejo embiste a Manuela y la alcanza con suma intensidad. Él le dispara un cartucho de plomos desde esa garganta de artero porque en su boca se crece la ponzoña como las pompas de jabón. En su boca se bambolean, una y otra vez, los racimos de balas.

         Una mañana de finales de verano el viejo amaneció con los ojos vueltos, la boca abierta y la  tez lívida. El zumbido de las moscas ondeaba sobre el tul de la ventana. Ella se levanta y cuando está de pie, le cuesta trabajo creer en el insignificante espesor de la muerte. Camina por la orilla del tálamo y su mirada grisácea se vuelve jabonosa, aunque aguanta la respiración hasta que un alarido le llega de lejos. Sigue el curso de sus manos y desnuda ese cuerpo inerme que le muestra piel y huesos. Friega su esqueleto pero deja que se lo lleve la maraña. Acaba el ritual de la fricción y lo viste con traje de gala. Él surge esquelético pero impoluto. Ella cambia la ropa de cama y cierra para la eternidad el sumidero de su boca pero antes deja que se vacíe dentro de una cloaca. Al fin unge con óleo sus mezquinos labios que han adquirido ahora una sonrisa abandonada y lerda.   

         Cuando sale de la alcoba a Manuela se le ha vuelto la mirada azul y ve las cosas en tres dimensiones. Extenuada y consumida por los acontecimientos se sienta en la mecedora delante de la ventana. Y se columpia, y se acuna, y se duerme profundamente en un abismo de pátinas doradas. Las visiones ahora son ángeles febriles muy arrebatados que le inundan todos los sueños de pétalos. 

jueves, 12 de abril de 2012


Crisálida
atrapada en tu brillante
seda.
Mariposa sin alas
en tu insoportable levedad.
Ficticia huida
de una vida
sin valor alguno
sin juventud, sin esplendor.
Memoria
ampliada en mil ecos
de culpa,
ajenos
a la divina inocencia.
Ideal
de prodigiosos sueños
sin cumplir. 


domingo, 8 de abril de 2012

CRIATURA DE LA LUZ

Ven.
Y no alentemos un nimbo
de sombras bajo los párpados
ni la luz de un sueño fatigoso
que discurra
a ráfagas,
invadiendo la estancia.
Este reino es tuyo
y es dorado
y el resplandor
dura toda una noche de desvelo,
pues las horas duelen
donde se detuvieron una tarde.
Y eres tú, 
y te amo
en esa pausa del mundo
donde te has suspendido.

Pero es la hora del acero
y esta noche 
ha caído
un beso sobre mis labios
y deslumbra como una estrella.


                                              Maribelflores

martes, 27 de marzo de 2012

ENTRE LA NIEBLA


          Aún giro en torno a un mundo de seducción que destapó una magia prematura.
          Aún pulo aquel delirio y transfiguro la mentira en asombroso y feliz desengaño.
         Aún estoy reviviendo esa luz que aviva mi deseo de una eternidad contigo. Mas veo hundirse los pétalos de un atardecer en una vasija rebosante de lágrimas. Veo caer mis párpados anegados bajo el peso del llanto.
         Aún sueño tu existencia y repaso en mi memoria un inexplicable remordimiento cuando admiro esa atmósfera hipnotizadora del cielo y te adivino en su crepúsculo morado. 

         Y ahora vuelvo de descubrir esta ciudad bajo la niebla y el invierno. En su tupido velo se oía salir la música desde un armonio, caía deshojada como un cuerpo muerto. Pero ay mi amor, el templo se veía cerrado. La casa de Dios parecía habitada por sombras informes, cuerpos inaudibles y sonidos mínimos escapando de su lóbrego interior. Disonancias leves, que simulaban vendavales apagados y dejaban perceptible algún hilo de voz arrancado a la tempestad.  
         Pero encorvada bajo el zarpazo de la bruma y del deseo de que surgieras solitario y fantasmal entre la niebla y el gentío, miraba mientras el transcurrir del río, que descendía entrelazando los saltos del agua, el son de mis pálpitos y la capa vegetal.
         ¡Ay amor! si al mirar la corriente hoy viera tu rostro flotando sobre el agua, en estos ojos de sima estallaría la opacidad de la tarde como en un prisma de cristal. Aunque presiento que hay tala de cabezas y que esta ciudad se ha transformado en un bosque truncado en ruinas, donde el orden y la precisión, no existen.

         Ya no hay éter, sólo noche, betún y desaliento. Todo existe, pero habita cegado por el enfermizo desafío de esas gélidas tardes. El invierno se ramifica tan pelado como un árbol y se bifurca en sueños imposibles, y luego, echa ramales retorcidos cual metástasis de incertidumbre. El riguroso  invierno, tan en cueros, se igualó a un largo tahalí de sombras desplegado sobre esta cruda atmósfera sin emitir ronquido alguno. Una criatura con el altavoz rendido que hurta sus gemidos al paisaje escarchado y a ese negro endoso de las tardes.

         ¡Ah, la noche! y te vocea un caótico viento y me agrieta los labios y la gente me da miedo y la tierra, y mi corazón. Y huyo… huyo por esa rendija que me deja la niebla del invierno en estas travesías sin nombre, pero claro… me acechan mil ojos y me persiguen tus dedos refulgentes tocando para mí, música invisible.
         Sí… tus manos surgieron de la niebla y aún no sé por qué, pero levantaron un clamor en mi contra. Alguien me vencía. Alguien me arrancaba de la inclemencia de la derrota sorteando el tul espeso que cubría la ciudad. Y tuve frío, un frío de hielo que traspasaba el aire y se vendía incomprensiblemente a ti. Yo aceleraba sin mirar atrás. Y aunque contuve los enormes deseos de morir, antes, dejé flores sobre la sombra que proyectaba mi nostalgia y los viejos edificios. 
 ¡Me temblaban las piernas al soltar los ramos!  

                                                                                ( Diciembre 2011)
          
                                                                                                                   

Turbia escarcha entre la bruma
de esas órbitas.
Sustancia de amianto irrespirable
que aún giras aniquiladora en torno
al holocausto de mi pecho              
haciendo noche en mi boca.
Y de tus labios púrpura, las llagas…

Pero ah!... La primavera
¡la gloriosa primavera!
que ha transformado mis ventanas
en guarida de caléndulas y acacias,
y este jardín,
en la sombra de una nube vivaracha.

                                      Maribelflores


martes, 20 de marzo de 2012



Marzo
y estos ojos inmensos de fatiga  
y el viento de mis párpados.
Y una rosa embrionaria cuyos tallos flamantes
han crecido entre las grietas de los labios.
Y esta habitación azul cielo
donde mi madre muerta aún me sonríe
al final de la noche
y suspira
por hacerme soportable
el rumor incontrolable de esas horas
en la oscuridad.

Marzo 
y este jardín hundido en la ciudad irreal y
una urdimbre de resplandor
que centellea como un relámpago
sobre la puerta
de todos mis sentidos,
y cuántos pájaros
se lanzan
sobre el reclamo de esas migajas de pan.

Ha sido invierno
y esa simiente hizo crecer las ramas
un mes tras otro,
y cómo se arrastró el despojo
hasta que el mutismo se sostuvo
dentro de mi boca
a fin de crearme otra eternidad
y más silencio
                                        de una pureza inútil. 

                                          Maribelflores


miércoles, 7 de marzo de 2012

LA TIENDA DE LOS MILAGROS.


              Por la habitación se cruzaba el agua de la bahía…
          El sol le traía reflejadas las curvaturas azuladas del mar mientras el perfil de sus ondas se removía sobre la pared. Aquel resplandor, con su inducción óptica, creaba brillos entre la cal del muro y acurrucada bajo la ropa de cama el amanecer era muy hermoso. La vida se encendía más temprano que nunca y propagaba su luz a la manera súbita que se irradia una risa espontánea llenando de esperanza un cuarto. Allí dentro cabía un mundo entero de humanidad y se le disparaba por completo la compasión por si misma.
         Cuando estiraba uno de sus brazos acariciaba el agua dibujada en la pared y si abría el ventanal, olía a eucaliptos y a sal del litoral y segundos después, se escuchaba impetuoso el rompiente del acantilado en ese hacer y deshacer perpetuo y brusco de sus virutas de espuma.  Ella apretaba sus ojos y al minuto se giraban de un lado a otro del cuarto, como en un ciclo instintivo, que seguía el surco luminoso del cielo. En aquella repetición casi física, percibía los destellos vivos chispeando entre sus globos oculares cerrados. Pero si abría sus oídos al escollo de las olas presentía el ritmo único de sus incontrolados gritos. Al fin y al cabo estaba sola y descubría un insólito placer al oír las súplicas agitadas del mar en su desgarro.
         La masa de agua sacudía sus brazos y esa marea  era la razón única por la que se adivinaba aceptada de un modo imprevisto. Almas gemelas, la mujer y las olas, eran sorbidas por una tribulación feroz que hallaba su placer al romperse todos sus secretos contra la batiente de la costa.
          Por las mañanas remontaba el borde del precipicio y como si hubiera sido de acero afilado igual al de un cuchillo, incubaba cierta rebelión de ánimo en la ascensión errabunda entre las rocas. Y si miraba el torbellino de las olas despedazando el arrecife, sentía las ansias del mar gritándola al unísono, con esa violencia insondable en la que a veces sucumben los seres vagamundos llevándose consigo su abandono. Aquella desatada caverna de agua, dilataba su inmenso espíritu y en un preciso sorbo pronto libaba entre el cieno de su boca.
          Era aquel automatismo incontrolado del mar el que sabía hacerla feliz o hechizarla, diluyendo rápido el espanto.

          Esa mujer se había mudado a un pueblo encalado del litoral. La parte trasera del muro de la casa miraba hacia el quebrado de la costa. La alzada frontal de la vivienda daba a una plazuela en cuyo espacio circular, a todas horas, hacia aguas un insaciable silencio. Desde el balcón abierto la mirada se le detenía en la cal impoluta de las fachadas, en la taberna del lugar por cuya puerta salían los hombres tan ociosos como entraban, y en el letrero de un comercio antiguo en cuyo rótulo rezaba “La tienda de los milagros”.  
          La inscripción del local la hipnotizaba como un engañoso anzuelo que daba alas a su fantasía. Leía y se le producía una alquimia salobre dentro de los ojos como si alguien le hubiera clavado un beso de alambique en su córnea y al punto se agitase un mundo púrpura en el interior  de sus órbitas vacías. O como si detrás de aquel rótulo se ocultara alguna magia fortuita, tal vez, porque deseaba imaginar que en la médula secreta del interior del negocio, sólo se despachaban, insólitos enigmas envueltos con delicadeza bajo el destello de un trozo de celofán.

  
Por mí regresan las olas
como si rompieran la puerta del infierno.
Por mi la arena
se remueve como un torbellino.
Alli los suspiros
allí el llanto
alli el dolor eterno
y tantos puñados de agua
que van ligados,
a todos los instantes azules
que hipan ceñidos a mi rostro.


viernes, 24 de febrero de 2012

ESPACIO VACÍO

Hace tiempo
que rasgo el silencio
pero la mudez avanza
y este espacio me cierra sus muros.
¡Y qué estática se me hace la mañana!
Yo respiro
y aún se ve desnudo este territorio
de tanta soledad.
Páramo yermo
donde se ocultan tus gestos, uno a uno,
aunque me agote el baño
de sol,
aunque me invada.
Y pesa la luz como un fulgor letárgico
en un teatro vacío
donde ya no hay nadie, y yo,
suplico en vano,
que inclines tu rostro de siempre sobre mí,
y me orientes
en mi largo y extraviado camino.
Pero estos son mis ojos
y estas son mis manos
que hallaron su reposo
al aire libre
donde mi rostro yace desvelado
o alza la mirada
                            y el astro lo destruye. 

                                                      Maribelflores