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martes, 25 de enero de 2011

FRAGMENTOS DE ALCOBA.

Encogida, vigilo esa cara oculta de la luna
que arrojan las noches febriles del invierno.
Observadora de una horda de muerte
vuelvo derrotada a escena
y levanto al aire mis manos empapadas de súplicas.
Después emito con la boca
un aullido a mi auditorio de tinieblas.

Salgo de escena con un gesto.
Surjo de adentro de la luna.
Y espero, que el amanecer se lleve esa metamorfosis
que me vuelve socavada,
hendida, deforme
y tan de líneas cóncavas.

Pero de mañana, la noche, todavía,
plasma rabiosas imágenes oníricas
entre mis ojos de ópalo de fuego
¿Y me pregunto cómo abrir tales sentidos
al origen del miedo?
¿O cómo ver claro, dentro de las aguas incomprensibles
de una fosa?

¿Será que me cerca lo difícil,
como un alarmante anillo de señales inequívocas?
¿O es que son espirales recargadas
en la oscuridad
por donde se licua la memoria hasta volverme loca?

El orbe entero desvaría como en un mal sueño.
Y en las pesadillas las campanas me doblan
cuando la noche calla o la luna me critica. 

jueves, 20 de enero de 2011

FUE POSIBLE

Una mañana azul
alojé el mundo entero dentro de una lágrima.
Metí, incluso,
una estrella moribunda caída en el suelo
la noche previa de aquel amanecer.

¡Insólito! Pero la devolví a la vida estelar.

Una tarde, durante el ocaso,
clavé en el cristalino de mi ojo azabache
las luces púrpuras del bosque,
el apogeo de una flor
y el polen que volaba en el aire.

¡Increíble!, pero una abeja, se apoderó vorazmente del ojo.

Una noche placentera,
durante mi habitual desvelo,
abrí los párpados en la oscuridad
y permití, a un tiempo,
la entrada de los sueños y de la claridad.

¡Asombroso! pues asomó la hora inocente
en el umbral de tanta opacidad.

domingo, 16 de enero de 2011

UN GRITO EN LA OSCURIDAD.

         Arrastro la imperfección de una habitación a otra mientras vislumbro una temible sacudida en las próximas noches de invierno. No duermo. Y cierta perdición fluctúa lentamente en el aire de esta creación nocturna. Las sombras noctámbulas describen círculos negros engarzados unos a otros y dibujando una cadena de hierro que tira con toda su fuerza de mis piernas. En mis ojeras han madurado ondas expresivas y moradas. Curvaturas retraídas y señales inequívocas que sacan al exterior las cicatrices del alma. Vertiginosa tristeza. No sé si irremediable. Pero apenas despierta, necesitaría apoyo o hacer crecer desde mi faringe un grito de desgarro. Sería como una urgencia con las alas desplegadas y puesta en movimiento.
         Si pudiera, a mí alrededor, trazaría esta noche un cerco donde encerrar la calma del entorno para servírmela después a la carta y según mi propia necesidad. Pero trago saliva porque el silencio de la madrugada esta dentro, es imponente y me ha dejado esta noche la boca seca. Y aunque no sabría decir por qué, me mantiene en vela o muy alerta. Es como si esperara a que alguien me atacara desde la oscuridad sólo con los ojos, y alrededor de esas cegadoras cuencas, únicamente distingo la opacidad total. El movimiento obsesivo de ese cristalino rutilante me aterra. Alguien anónimo me observa entre esa cerrazón de forma amenazadora y por nada del mundo quisiera aferrarme a ese hilo. No obstante, esa hebra tira de mí como un imán y siempre me dice ven, ven, ven…hacia la sombra. No es que yo lo oiga, está claro que el hilo no habla, pero es obvio que me arrastra, muy a pesar de mí. Así pues, me resulta inevitable seguir ese filamento de voz que tanta confusión me produce a media noche.
         Debería haber una explicación razonable para estos caprichosos fenómenos pero no la tengo, aunque hago, como si esos extraños sucesos no me ocurriesen a mí. Supongo que saco hacia fuera, de donde no la hay, una calma contenida. Sin embargo, las llamas de esos ojos brillando entre la oscuridad, sin duda me corroen. O lo que es lo mismo, mi orden en ese momento se disipa igual que si fuera niebla. Puede que ya sea algo irremediable. No obstante, la falta de sueño, la vigilia y las imágenes que segrega mi mente desvelada aparecen sin más, y malversan mi valiosa diversión noctámbula.


         Y ahora mismo, se me ha quedado la boca seca, los ojos vueltos y sellados los labios. Y de pie, las piernas me hormiguean de una forma que parecen trepar por mis extremidades numerosos insectos que buscan atacar impunemente mis partes más impúdicas.

martes, 11 de enero de 2011

OTRA VEZ LA NOCHE.

Otra vez la noche
y una impoluta
lluvia de estrellas
a modo de pétalos fulgentes
desplomándose a ras del ventanal.

Otra vez el silencio fulminante,
este intenso desvelo
y la poderosa evocación
de esta casa en sombra
y tan oculta entre la oscuridad.

Otra vez la noche
y el hábito del desengaño
disperso bajo el firmamento
y formando un bosque ciego,
que me priva de ver
esta inmensidad
y el resplandor del cielo.

lunes, 10 de enero de 2011

PEQUEÑOS SECRETOS.


        Donde yo vivo, una ciudad cualquiera al sur de todo. Un lugar, tal vez, que no tiene futuro aunque también es probable que todavía esté por hacer.
         La ciudad en sí misma y el extrarradio donde hoy me hallo son poderosamente hermosos. Me refiero a que hay a mi alrededor un continuo susurrar de árboles y pájaros, un considerable muro verde y montañoso y barrios viejos o nuevos de los que se heredan los jardines generación tras generación.
        Pero detrás de esa interminable sucesión de tapias, parcelas y edificios, el sol y la melancolía, están continuamente royendo la expresión de los seres humanos que aquí habitan.

         Durante la jornada, una cotidianidad sensata se incorpora al tránsito vivo de la ciudad. Sus habitantes parecen ser extremadamente hacendosos. Si bien, en las inmediaciones de esta vivienda, hasta los perros andan rezagados como si sabuesos y humanos masticáramos, diariamente, considerables dosis de adormidera. El invierno nos reserva diferentes placeres en la reclusión de las casas y se nos llega a poner catadura de idiotas, al amparo del fuego o la calefacción. Afuera, el entorno, se mantiene tercamente salpicado de un tono gris ceniza. Me desconsuelan mucho, el mal tiempo, el frío y este diluvio de mil demonios, que temporadas, no nos deja. Y pienso que si el agua fuera un bloque de mineral compacto, me entrarían ganas de estrangularlo por su parte más frágil, por ejemplo el cuello, si es que ese insufrible líquido se trasformara de pronto además de en un bloque de piedra, en una repugnante persona.

         Realmente no comprendo esta rebeldía contra las fuerzas incontrolables de la naturaleza. Soy tan majadera al levantar mis brazos en contra de esa descabellada lluvia…

         Y cuando llega la noche me imagino que en estos alrededores se vive un sinsentido tras otro, entre la retaguardia de tantas persianas bajadas. Lo supongo, sólo, por esa paridad de situaciones que unen unas vidas a otras. Y como en mi casa la incoherencia duerme o hace vigilia conmigo enriqueciéndose una temporada tras otra, lo confieso, tejo las vidas ajenas a razón de cómo se forja, habitualmente, la mía propia. Una barbaridad, puede… Pero en el fondo la mayoría de nosotros somos fotocopias los unos de los otros.
         De noche soy un mochuelo oteando intramuros. En realidad, en la ciudad la mayoría duermen mientras yo abro a este colosal espacio, mi corazón roto, mi torpeza y mis ojos azabaches. Sin embargo, ociosa entre la oscuridad, bailo un aquelarre alrededor de ese fuego que arde en mis entrañas. Y aún sin expirar esa maldita danza de la confusión, salen de sus hoyos mis antepasados con su vestimenta carcomida por la fosa y los años, y luego, danzan como locos ese mismo aquelarre conmigo. Bumba, bumba, bumba... alrededor del fuego. Entonces brota de mí, un griterío histórico transmitido por una estirpe siempre incomodada consigo misma, con los demás y con el entorno.

jueves, 6 de enero de 2011

SEMBLANTE.

Qué lacra se oculta entre las sombras de tu cara
Preguntó un amigo.
Qué hay detrás de ese gesto ansioso
o de ese rostro turbado
por donde han crecido sin control ninguno
una urdimbre de abismos
en el fondo diáfano de tus ojos.
Profusas batallas se libran en ese cristalino.
¡Mil distintas!

Compañero, mi fiel aliado.
Las simas me atraen, le digo,
y han extendido el pánico en su eco y ahora me llaman
por mi nombre.
Mientras, me rodean,
un cerco de ambulancias aulladoras
cuyas sirenas desquiciadas
han desparramado esas palabras y
te han avisado con su señal de alarma.

¡Oh aire, cielo! una emergencia ha cruzado el asfalto
y ese escenario de humo en el que me he perdido.

¡Ah!... Ya siento la noche y el silencio. ¡Al fin!
¡Ah!... El ruido del alma dio un respingo.

                    A Pedro, también a Sara y Arturo. Los tres me han inspirado esta mañana.

jueves, 30 de diciembre de 2010

FINAL DE AÑO.

        
         Son las tres de la madrugada y no puedo dormir. Extraños invitados anidan esta noche en casa aunque, supuestamente, todos duermen. Serpientes enroscadas en los lechos soltando el veneno de un naciente idilio. Cuerpos enredados los unos con los otros al amparo de la oscuridad. Seres vivos, que reposan entre la opacidad de una señalada noche donde sin embargo yo no veo ningún fondo ni otros signos de relieve trascendental. Si bien, a mí, en estos momentos, se me ha metido en la cabeza que esos cuerpos han sido disecados por unas horas. Aparentemente soy la única persona viva entre esas formas embalsamadas bajo las sábanas. Pero cuando me levanto de la cama y deambulo por toda la vivienda imagino que estoy muerta a pesar de mi desvelo. Soy un vigía, un centinela, un guardián nocturno, pero qué digo ¡soy una aparecida! que anudada a un hilo invisible, la hebra me lleva por toda la vivienda haciendo de imaginaria para los todos los demás. Un estambre al que seguramente estaré sujeta de por vida. En segundos, ojeo este magno espacio totalmente en penumbra y descubro, que todas las puertas de los cuartos están entreabiertas. Y cuando paso delante de esos resquicios, oigo la respiración mecánica de mis seres queridos, perdidos entre tanto, en esa nebulosa de su flamante romance y de un apacible sueño. Sin embargo, me huelo ya cierto vacío enquistándose prematuramente en unas habitaciones completamente opacas. Por eso, mientras rondo sigilosa estos pasillos, escucho acongojada el desgarro de la noche. Y mi figura alicaída vaga como un fantasma de punta a punta de la vivienda olisqueando, igual que un sabueso, a sus presas.
         De madrugada, me rodean seres con los que no puedo comunicarme pues una excluyente irrealidad -el espejismo del sueño- los ha confinado al silencio. Mortales dormidos, que de momento, tampoco pueden relacionarse entre sí. Son los míos, y al mismo tiempo no lo son. Son los otros. Trozos de carne desnuda y ausente que, mientras yo hago mi turno de guardia les calculo dibujada una mueca bobalicona, o al menos, un gesto de entrega en su cara adormilada.
        Rostros que, en noches como la de hoy, para mí tan grises como las cenizas, percibo sus sienes embarradas por algún inoportuno desenlace que ni siquiera yo conozco. No obstante, en estos momentos, su sueño parece enormemente pesado y se han abandonado, en su lecho, a una novísima esperanza.
         La vida de esas personas durmiendo a pierna suelta, si yo quisiera, esta noche, podría estar en mis manos. si bien, sería imperdonable y sobre todo monstruoso acabar con la existencia de esos infelices adormecidos. Pues el eco sobrecogedor de las víctimas me perseguiría toda la vida por estos pasillos circulares. Después, un miedo aterrador haría ondas expansivas en mi sangre. Y por último, la nada, o la presencia de la negación total de la realidad se quedarían instaladas en casa como mi único destino.


         Esos advenedizos pensamientos y otras múltiples zozobras, me impiden gozar del enigma de la oscuridad cuando estoy desvelada, pues mientras recorro los pasillos, tan licenciosa imaginación corrompe claramente mi cerebro. Esa anemia moral domina mi buen juicio de modo instintivo cuando merodeo entre el sueño ajeno o entre el mío propio. De madrugada, mi poderosa razón rodeada por una impenetrable oscuridad, un total silencio y una conciencia desquiciada por el insomnio, no tiene desenfreno y a tan altas horas, algo incomprensible me aviva un turbio discurso que no me deja mostrarme tranquila o despreocupada del universo. De noche, la creación surge ante mí, caótica, insana, lóbrega… y por supuesto transita a sus anchas por el edificio.

lunes, 13 de diciembre de 2010

NEBULOSA AL AMANECER.


         Son casi las ocho de la mañana. Están asomando en mi ventana los primeros visos del amanecer. El tiempo se levantó con lluvia. De nuevo, el día está a punto de derrumbarse porque escucho caer sobre la persiana la inercia de las gotas de agua y ese sonido flojo, semejante a puntas de alfiler.

         Llevo despierta una hora, un momento, un instante, no lo sé, porque no soy plenamente consciente de ese intervalo que a mí me ha parecido una eternidad o por el contrario, un relámpago. Por mi cara ahora está a punto de rodar el llanto o la nostalgia, como si ambos estados de ánimo fuesen, el canto rodado de un peñasco gris al derribarse sobre mi rostro de mujer. El amanecer es solitario, lánguido y casi sombrío, como el día tan lluvioso de ayer o de antes de ayer. Es decir, estoy abstraída y sola, invariablemente sola, y está claro que esta mañana llueve sobre mojado. Sola pues y pensativa, pero en mi cabeza, en mi cuerpo y en mi cama hay señales de que alguien ha dormido a mi lado, sin embargo, es innegable que ya no está. No obstante, en las sabanas se atraviesa el dolor de ese abandono y un olor agridulce tan imponente, que me hace zozobrar bajo la ropa de cama. No sé si esta madrugada, extrañamente, tuve algún delirio o si esa inusual aparición de un cuerpo ágil a mi lado fue algo real, pero un ser prodigioso a la vez que cruel, anoche, yació conmigo. Un ser, que antes del amanecer se dio a la fuga pero que me dejó un rastro parecido al de una estela detenida a ras del lecho. Si bien, su visión, fue un lapso insuficiente en el espacio tan vacío de esta habitación. Un ser de ojos brillantes y sesgados, dedos de artista y una naturaleza tan feroz como seductora. Un ser que tenía un complexión volátil, que iba y venía por encima de mi superficie y la del lecho, rápido como un torbellino de luz. Un ser confuso para mi ardor pero muy dinámico, pues rebasaba mi morfología rompiendo milagrosamente mi incansable tedio. Un ser que anudado a mi piel, surcaba mi figura como una oleada de masa maleable y reluciente, similar al embate del oleaje cuando llega a las costas. Navegaba sinuoso y bebiendo entre los muchos rincones de esta carne ávida de pasión y cortejo. Un potro que alborotó mi lánguida noche de sueños absurdos, donde me vi completamente aislada aparte de verme yerma el alma. Ese alma, que en ocasiones, se crece desmesuradamente entre la soledad arruinando mi reposo. Porque, cuando la noche se desploma, a menudo, me atosiga el vértigo. Pero anoche alguien vino a mí con su hábil sonrisa, y me causó aturdimiento y devoción, al mismo ritmo, que me aplicaba sus movimientos de éxtasis y de suspensión en el aire, en el exiguo espacio de la cama. Un ser, al fin al cabo, que me hizo olvidar el abandono en el que acontecen mis extensas madrugadas.

         Pero despierta, he visto otra vez el desierto bajo las sábanas, así que intenté razonar si todo no habría sido, por ventura, el sueño divino de una mente que se expresa más rápida que este ansioso cuerpo. Un cuerpo lleno de recovecos. Recodos voluptuosos, que de un día para otro, se volvieron insondables. Un sueño hendido entre las grietas que atraviesan mi frente bajo cuya superficie, se alternan a menudo, un mar que duerme o por el contrario un mar embravecido.


Pon tu frente sobre mi frente y tu mano,
en mi mano
Y hazme los juramentos que romperás mañana.
Y lloremos hasta que amanezca,
mi pequeña fogosa.
                                                  Paul Verlaine.

jueves, 2 de diciembre de 2010

NOCTURNO.

Cuando fluya la noche
todos los días se me juntarán en la boca
y grandes nombres
revolotearan sobre mis labios
igual que esos pájaros de papel
hechos puramente de memoria
y de recortes del corazón.

Cuando vuelva luego la noche
y vuelva además el tiempo adormecido,
sin duda, yo buscaré refugio
en el templo de mis antiguos sueños.

Para entonces  
la esperanza vendrá ya derrotada
y las temores del mundo
se me harán realmente posibles
en el cosmos ruinoso de algunas pesadillas.

¡Agrio amor!
donde naufragó mi alma
y más tarde se ahogó mi nombre,
sin aprender el sano oficio de la natación.

martes, 30 de noviembre de 2010

CURSO DE AGUA.


GRIETAS.


         Pasaba los días delante de un ordenador. Por eso mismo, cada jornada suya, era comparable a cualquier otra. Estaba atrapado por aquel ordenador de pantalla traslucida pero de luz muy fría. Totalmente aferrado a la computadora como si viviera atado a un poste telegráfico, se quedaba todo el tiempo mirando a través de aquel cristal como si ese vidrio fuese el único espacio trasparente en donde resplandecería su cara. Un rostro ensimismado frente a cientos de ventanas digitales, abiertas, tras esa “bola” de cristal de fondo blanco o azulado. A diario, su cuerpo, se mantenía pegado a ese artilugio informatizado. Sus dos brazos eran poderosos tentáculos salidos del grosor de un pulpo gigante y cristalino. Sin embargo, cuando regresaba de nuevo a este lado de la creación desde esa vida analógica pero incompleta, reaparecía, con los ojos abiertos de par en par y como un ser que ha vivido una gran experiencia de fe o por el contrario, un intenso ritual satánico.
         Una mañana esa pantalla se lo tragó hacia dentro como si se tratase de un bocado suculento que entraba fulminante por una garganta maleable y sin fondo. Lo vi desaparecer lo mismo que si lo hubiera engullido la fuerza imparable de un remolino en el mar. No obstante, se evaporó, con el rostro lleno de una exultación casi lerda.
         Frank, regresó a los tres días pero ya no era aquel joven agradable de antes. Su expresión era grave y su rostro apareció lleno de angustia. Le pesaba el hombro como si hubiera reaparecido tirando de un gravoso saco. Surgió de aquel vacío lleno de heridas igual que alguien que estuvo prisionero en una guerra. Una cruzada secreta y por lo tanto incomprensible para mí. Volvió agitado y con la experiencia de la muerte en el mohín de su cara. Tal experimento lo arrojó hacia fuera seriamente derrumbado. Inesperadamente, su valiosa jovialidad se transformó en clarísima apatía.
         Lleno de vértigo se dejó arrastrar por las calles de la ciudad como si aquellas travesías fuesen su próximo destino. Se paseó por la urbe como un espectro inmortal cuya presencia nadie vería. No recuerda cómo empezó esa perniciosa dependencia que lo había abducido hacia el otro lado del ordenador. Sin embargo, admitía, el pésimo resultado que tal subordinación había ocasionado en su plácido mundo. A partir de ahora viviría consumido y como un ser mutante, mimetizado, con el color del asfalto o de la tierra. Un ser de ojos grises caminando por una ciudad en la que nadie lo había inmortalizado. Contemplaría la metrópoli con estupor y con aires sólo de memoria. Sobre todo, como alguien que se ha quedado una larga temporada en coma. Tal vez, se trasformó dentro de esa pantalla vidriosa, en un viejo que tira de siglos de fatiga y de olvido.

domingo, 28 de noviembre de 2010

EL SUBCONSCIENTE.


         Anoche soñé que me tragaba alguien. Alguien inmaterial, que se trasformó rápidamente en el ente incierto de la literatura. No recuerdo con claridad la atmosfera de la pesadilla. Tampoco he retenido demasiados detalles, pero en esencia, el sueño era algo inquietante. Yo seguía un camino. Era una figura diminuta y negra ubicada como una sombra en el trayecto de ese camino. El recorrido era largo, estrecho y tortuoso. Delante de mí, a una distancia corta, iba otra figura negra. Esa otra silueta caminaba erguida, pero era tan alta que me hacía una gran sombra. Aquel momento, juzgo ahora, que debía ser concretamente el atardecer porque llevaba la mano puesta de visera sobre los ojos, sino lo hacía, el sol me cegaba.

         Después de mucho andar siguiendo aquel serpenteante trayecto y siempre pisando aquella grandísima sombra, la silueta que me precedía se frenó en seco y después se volvió, dobló su cuerpo erguido y alargó su brazo negro, abrió su oscura mano, atrapó mi insignificante figura, la llevó como un bocado apetitoso hasta su boca abierta y al punto me tragó tal, como si yo hubiera sido una liliputiense barra de pan engullida por un gigante hambriento. Pero recuerdo muy bien que en voz alta dije, ¡Dios! me devora la literatura.

         Reconozco que hoy me he despertado hecha pedazos y lo mismo que si hubiera aparecido en el interior de un laberinto donde nunca podré encontrar la salida. Y bien mirado, en este momento, el mundo me parece un bosque compacto, repleto de grandísimos escritores donde yo me veo tan diminuta como un pigmeo.