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jueves, 11 de marzo de 2010

ESTANQUE.

POSOS.

Perlas negras brillando bajo las ondas del agua.
Son los ojos
de una mujer mirando entre su soledad.
Joyas apagadas y endurecidas
como su propia existencia.
Entrañas de la fuente
en las que se reflejan, por igual,
el rastro opaco de la turbación
y los geranios encarnados de los filos.
Apariencias, suavizadas,
en lo profundo de ese líquido.
Formas enredadas en dulces carantoñas.
Exquisitas flores,
iluminando un perfil que no tiene descanso
y cuya sombra se esboza bajo la claridad del agua.
Ese rostro que finge estar flotando
o dibujado.

martes, 9 de marzo de 2010

ABISMOS A MIS PIES (Continuación)


         Después de indagar en esos dos viejos retratos de mis antepasados, el estruendo de una puerta en la planta baja, ha enmudecido el análisis algo temerario de mi cerebro. A continuación, una sombra extraña e inquieta se revuelve entre los estantes de la biblioteca, me reprende y me ruega, por favor, que deje a los muertos en paz ya que no pueden defenderse de esa embestida expuesta anteriormente.
         Una pausa angustiosa cae sobre la habitación. Pero, la sombra, por ahora, me abandona a mi suerte.
         Pasada esa pausa, mi cerebro sigue erre que erre, es terco como una mula y olvida pronto a ese fantasma que ha pedido, que me arrepienta, del giro que ha tomado mi conversación con el ordenador.
         Qué os parece. Por qué habría de tener motivos para abandonar tanta confesión. Qué lógica tendría, abandonar una empresa cuando todo está por hacer o, en este caso por decir. No es cierto que el temor no debiera coartarnos para sacar a colación aquello que deseamos exteriorizar porque nos oprime el corazón desde hace años, tanto como nos domina la duda o la desesperanza.
         Tal vez por eso decido seguir, aun a riesgo, de que algunas sombras aparezcan de cuando en cuando y remuevan en mis tripas con el argumento manido, de retractarme de mi declaración. Tal vez, esas sombras, envenenen mi razón con viejas culpas. Pero yo sigo imparable. Ya nadie debería abalanzarse contra lo que hoy pienso de lo que eché en falta alguna vez.
  
         En el portarretratos que hay en frente de mi rostro, he colocado a mis dos abuelas juntas. Son dos fotografías distintas que han ido a parar, dentro del mismo espacio de un marco.
         Si observo atentamente los rostros arrugados de mis dos abuelas, he de reconocer que físicamente, me parezco a ellas como un huevo se parece a una castaña. Es decir bien poca cosa. Sin embargo, a otros niveles heredé, de una, el brío y la terquedad, y de la otra, la mala costumbre de rumiar a todas horas. A veces, bisbiseo entre pasillos mientras recorro el jardín o la casa. Pero maldita la gracia que me hace esta herencia de mujeres excéntricas, porque Dios sabe hasta dónde llegaría este testigo que me pasó mi abuela paterna, si quisiera echar la vista atrás.
         Cuando me sorprenden en falta mi marido o mis hijos, me comen con la vista, se burlan de mí, y luego me hacen ver, que voy hablando a solas por la casa. En ese momento confieso que me atizaría de guantazos a mi misma, como si hubiera cometido un error irreparable que me deja desnuda ante los demás con particularidades, tan íntimas como ésta, expuestas ante la concurrencia y que se juzgan, publicamente, como las maneras de una pobre loca o al menos de una mujer extraviada entre pasillos, pero caminado con esa mente rumiante de animal bovino.

viernes, 5 de marzo de 2010

FLOR.


CAMPANAS.

Repiques de alivio
y cascos de feria y de recreo.

Oh, goce
mi voluntad tiene un antojo,
que llegue el caballo
y me acaricie el alma
con las crines del cortejo.

Oh, luna cercana
anúnciate como es debido
en el quicio de la puerta
y deja entreabrirse, de nuevo,
la pista del deseo.

Oh, vida intolerable
lisonjéame con flor y cielo
y funde entre la niebla
mis tristes ojos
de estrella melancólica.

jueves, 4 de marzo de 2010

ABISMOS A MIS PIES (Continuación)


         Sentada delante de esta mesa de cristal velado, oigo borbotear los retratos de mis antepasados como si quisieran llenar con su ruido el vacío de este cuarto de trabajo. La biblioteca está ubicada frente a mí y entre dos paredes unidas en ángulo recto.
         En la estantería de la izquierda dos viejos retratos me recuerdan que una vez, de niña, pasé una temporada en la capital de España.
         Mi madre llevaba un año muerta.
         Uno de esos retratos es de un hermano de mi abuela paterna a cuya casa fui a parar en aquel tiempo, pero cuando mi pariente ya había muerto. En el retrato está muy guapo. Pero mi tío abuelo sucumbió encarcelado después de terminar la guerra. Hay algo en él, que me recuerda a mi padre y al único hermano de mi padre, que aún sigue vivo. Quizás ese paralelismo se me muestra por sus cejas espesas, su mirada clavada pero serena y sus gruesos labios. Esencias que identifican a los hombres de mi familia, incluidos mis dos hijos.
         Al lado de mi pariente tengo colocado el retrato de su hija. En la fotografía debe tener nueve o diez años. La niña aparece vestida con un atuendo de pastora. Tiene un sombrero sobre la cabeza y una pandereta cogida entre sus manos. La instantánea debió tomarse para las representaciones de la escuela, durante alguna Navidad. Era tan guapa como su padre. Pero cuando yo la conocí tenía algo menos de treinta años. Y en aquel entonces era una joven muy delgada y admirable. Ella fue un relámpago indispensable durante el tiempo que duró mi paso por Madrid. Irradiaba mucha vida y se convirtió, en aquellos largos meses, en mi hada protectora. Era divertida, paciente y apasionada. Trabajaba en una entidad bancaria pero antes había sido novicia en una orden religiosa. Lo dejó, aunque no recuerdo por qué. Sin embargo, puedo suponer, que su alborozo y su rebeldía no casaban con la vida sumisa de un convento. Pero le quedaba esa bondad que le llevó a imaginar, alguna vez, que podría realizarse o ser feliz dentro de una orden religiosa.
         Hace cinco años hablé con ella por teléfono después de un silencio, entre las dos, de cuarenta años. Tenía el mismo timbre de voz que yo recordaba. Se lo dije. Desde el principio de la conversación parecía, que habíamos hablado el mismísimo día anterior. Todavía existía aquel vínculo invisible entre nosotras. La conversación salió sola. Las taquicardias a uno y otro lado del aparato, nos intranquilizaron pero tratábamos de encubrirlas. Aunque la voz temblona nos delataba a través del teléfono.
         Pero quien realmente me cuidó aquel año en Madrid fue la esposa viuda de mi tío. Aquella era una mujer sin corazón, de mano dura, golpe fácil y muy irritable. A menudo, me atemorizaba. Su presencia me daba frío. Su mano ligera silbaba en el aire hasta que se plantaba en mi cara o en mi trasero. Rabiaba como una histérica a todas horas. Era un esperpento que vino a parar a mi infancia de huérfana, no se cómo. En todo caso las razones por las que llegué a la capital de España nunca fueron del todo justificadas. Sin embargo, si sé, que respirar en aquella casa, lo recuerdo ahora, como una tarea ardua o como si me hubieran castigado en el infierno.
         Enfermé de forma grave en aquella ciudad. No comía y me quedé tan anoréxica que mi vida peligraba. Supongo, que además de tener dentro de mis intestinos un gusano -una tenia- que me estaba comiendo las entrañas, enfermé simplemente de pura y clarísima melancolía. Porque cuando mi joven prima estaba en su trabajo, aquella mujer agria y de pésimos atributos morales se ensañaba conmigo, sin miramiento alguno. Daba cachetes en mi culo hasta hacerme moratones. De mí, le irritaba todo. Aunque sospecho que no era nada fácil tratar con la insubordinación que me habían dejado los traumas.
         Sin embargo, aquellos tiempos tan adversos trajeron hasta mí, de forma inconsciente, la rebelión contra mi padre, cuya estela, me duraría toda la vida.

LA MANZANA DE EVA


miércoles, 3 de marzo de 2010

ABISMOS A MIS PIES (Continuación)

        
         A continuación empiezo a tener miedo de que los cientos de libros de mi estantería se abran a la vez y me narren historias interminables de sueños o soledades parecidas a la mía. O, por qué no, de que las fotografías antiguas de mi familia que puse sobre un par de estantes, se hechicen, y de repente cobren vida y me hablen sus rostros color sepia plantados frente a mí. Es decir, que salgan hacia fuera desde esas tinieblas que yo quisiera haber dejado atrás con la travesía de los años pero que sin embargo a menudo, sus historias, aun sin quererlo, me dejan extenuada porque han envejecido conmigo gracias a que mi insistente memoria me platica, a cada instante, por lo bajo. Y me razona de aquellos rotos o aquellos descosidos que los asfixiaron en vida y que ahora, admitido, acaban por desgarrarme el alma y mi ansiado arrojo.
         Pero igualmente, mis parientes fallecidos podrían maldecirme desde sus retratos o abalanzarse, todos en grupo contra mí, o por qué no, gruñirme al unísono, por lanzar al aire intangible de la Red, los trapos sucios de la familia. Porque cada vez que abro mis pensamientos y llevo mis cuitas a la pantalla es como si se levantara una bandada de pájaros llevando en el pico mis calcinados asuntos, expatriándolos, por los confines de la tierra.
         ¡Extraña sensación! la de lavar mis trapos en Internet y reconozco que, cuando lo hago, mi cabeza protesta y mi cuerpo tiembla si pienso como se extienden las ondas de esa inseguridad que me hace proyectar, con tanto atrevimiento al aire digital, una realidad, mitad crudeza mitad espejismos, pero cuyos resultados pasan por mi cabeza como nubes inestables y en constante movimiento. Una enorme fuerza en expansión que no controlo en absoluto ya que es un impulso interior que no atiende a razón sensata alguna. Lo que cuento se adueñó de mí, y hoy en día es como un terremoto que necesita soltar toda su fuerza para destruir lo viejo y luego volverse a reconstruir, eso sí, Dios sabe cómo. Pero el acabado futuro de éste continuo indagar en mis profundidades es algo que yo no controlo pero que indudablemente sabe dominarme. El futuro, sin lugar a dudas es una trampa y otro fantasma que nunca me abandona. Algo tan opresivo en si mismo como la desesperanza.
         Pero todo este barullo viene a cuento, de que hay algo que no es caprichoso en mí y que no quiere dejarme olvidar quién era yo antes de todo esto, por más que la desgana de remover en mis cenizas me apremie a menudo para dejar quietos ciertos asuntos ya inamovibles. Y que mi futuro, será por supuesto, algo incontrolable y a lo que no puedo interpelar por ahora.

PAREJA DE DAMAS.


lunes, 1 de marzo de 2010

ABISMOS A MIS PIES(Continuación)


         Justo al lado del cuarto de mi hija, está siempre entreabierta la puerta de mi despacho. Casi todos los días, durante unas tres horas, me siento ante mi mesa de cristal velado y patas de acero. Luego abro el ordenador y garabateo bobadas como las expuestas anteriormente. Bobadas o mejor dicho absolutos disparates que dejo caer en el ordenador como si este artilugio fuera un lavadero de aquellos del pueblo, donde muchos días iban a parar las ropas sucias de cada uno de los vecinos de mi localidad de nacimiento. Y después de escribir tanta paparruchada sin aparente sentido además de mis asuntos más reservados, todo se congela, dentro de la pantalla del ordenador.
         Y entiendo que hago algo parecido, a pequeños envoltorios ordenados en bolsas, y que al punto los embuto en esta computadora que hace las veces de un congelador, pensándolo bien eso parece, un congelador que conserva intactos los pensamientos que un día pasaron por mi cabeza. Aunque, los comprimo, como si fueran carne o pescado congelado, con la intención de utilizarlos días o meses después.
         Más tarde, cuando repaso lo que escribí tiempo atrás, es como si no hubiera perdido para siempre, esa visión encubierta, que poseen todas las cosas, incluidas, las empresas más rutinarias, o por qué no, me pregunto, las más frágiles o delicadas.
         Realmente, yo asocio este diminuto cuarto al silencio total y absoluto, a mi libertad o a un prado repleto de hierba, quietud y soledad. Pero asimismo a un espacio, donde puedo pensar por mi cuenta y por supuesto donde pongo mi cerebro a prueba y en constante ebullición. Es un reto, o un experimento casi científico, aferrarse a lo traumas y abrirlos de nuevo en mi cerebro como si fueran ratas de laboratorio para poder rebuscar entre sus entrañas, en qué momento o en dónde se aferró la patología o en qué lugar recóndito de las vísceras se incrustaron las piedras que periódicamente me producen cólicos para morirse de dolor o rabia. Por eso mismo, hay veces, que cuando escribo un considerable número de páginas y durante mucho rato, el cuarto se trasforma en algo despiadado que pretende juguetear conmigo al peligroso juego del ahorcado. Entonces dentro y fuera del cuarto suele retumbar una tormenta que me precipita entre la oscuridad, y luego me pesa tanto como una tonelada de algo.
         Sin embargo, yo odio ese momento en que se embruja mi diminuto santuario y empiezan a inquietarse los bolígrafos de mi lapicero y el teclado del ordenador tiembla de manera tan cobarde, que en segundos, parpadea el flexo y me manda señales telegráficas de auxilio a base de fogonazos de luz azul y fría. Y más parece que esos fogonazos me advirtieran del peligro de continuar plasmando con palabras, en la Red, mi flotante estado de ánimo que se sostiene periódicamente alimentado en mi cabeza de miedo y de ánimo, alternándose, en un continuo zig-zag.
         En fin que acabo hasta las narices del ordenador y de confesar lo casi inconfesable, y es entonces, cuando apago de inmediato esta máquina que acaba después de largo rato dejándome una hermosa cicatriz, o como si me hubieran hecho trocitos pequeñitos con el hacha afilada de un leñador. Desde luego no me queda más remedio que reconocer, que todo lo que imagino o todo lo que pienso tiene un doble filo. Un doble filo, que corta bastante bien por uno de sus lados.

jueves, 25 de febrero de 2010

OTOÑO EN EL RÍO.


NOVIEMBRE EN EL JARDÍN.

Calmosa la tarde,
donde todo es canto
y es luz
y fuego de poniente.
Se oyen pájaros
y ecos
y signos de vida y de alivio.
En el rincón norte
mi amado enmudece
de espaldas al mundo
dejando tras sí,
una incognita emotiva
en el ambiente.
En el rincón sur
el silencio se desborda
como si fuera el agua rebosando
en el pilón de la fuente.
La eternidad está aquí,
y no tiene voz, ni tampoco es extraña,
pero es palpable
y esplendorosa
como toda esta belleza.

lunes, 22 de febrero de 2010

ABISMOS A MIS PIES (Continuación)

         Fuera ya de ese cuarto rosa que ha sufrido una especie de encantamiento desde que mi hija se trasladara a Roma, entre el espacio circular de la galería, se cuelan ahora, los rayos del sol por el gran ventanal de la terraza y por los ojos de pez de la cúpula. La luz va a dar en el mármol de la solería, donde se calca el perfil de la ventana por ese poderío que la luminosidad del sol suelta dentro de la casa. Desde la baranda que delimita el hueco de la galería que da al vestíbulo de la primera planta, observo atentamente el resplandor que ahora mismo reparte tanta claridad a todo el hueco del vestíbulo y al segundo piso.
        Cuando me fijo concienzudamente, entre esa pantalla de sol que se cuela a través de los cristales y que permite que se refleje la apariencia de la ventana sobre el pavimento o las paredes de la casa, las motas de polvo flotan suspendidas aparentando que se mecen en el ambiente como diminutos granos de polen. Y este inexplicable haz de luz, me recuerda, aquellas tardes de finales de verano en las que el sol de poniente irrumpía unos segundos por la claraboya del tejado de launa, de la vetusta casa de mi abuela paterna, dándole un sin fin de magia al cuarto destartalado de los trastos y a mi infancia sombría.
        Estos detalles nimios que me regalan tantas horas de soledad son los que en ocasiones, me traen, además de volátiles imágenes, aquellas antiguas ganas de cantar que tenía a todas horas y que ya forman parte de una juventud atolondrada, en la que una hermosa canción salía con pasión desde mi garganta hasta mi boca, y me distraía, de cualquier contaminación que pudiera ensombrecer, en aquel entonces, mi alma. Una juventud aquella, vista desde el plano puntual que me han entregado los años, tan radiante como esta claridad que se ha colado como una fisgona muy queridísima en la casa.
         Pero de pronto pegada a la baranda de hierro de la galería, me invento, por eso de matar a la vez de un mismo disparo la morriña y el aburrimiento, que la casa se ha dado la vuelta y se ha colocado boca abajo, y ahora el techo de la cúpula se ha trasformado en el suelo del vestíbulo y luego piso sobre ese yeso blanco con mis dos pies y como si caminara guardando el equilibrio sobre una estrella radiante de ocho puntas, igual a las nervaduras que unen los fragmentos de ese cascarón que cierra mi casa y cuya forma octogonal se parece, pero en mayor tamaño, a la silueta marmórea de la entrada.
         Poderosa cabeza, siempre acaba dándole un giro de tuerca a mi vida como si no tuviera nada más útil qué hacer. Pero no contenta del todo, pongo el dibujo del vestíbulo, de techo de esta vivienda. Un dibujo octogonal formado con pequeñas y romboides piezas de mármol en el centro del vestíbulo, y que se trasforma en la imagen central del techo, por el impulso de mi fascinación. La imagen improvisada de un rosetón gótico por donde se cuela la luz del exterior dándole transparencia y color al jaspe que he adaptado arriba minutos antes, y con toda intención sobre mi cabeza, pero en la cubierta de la casa. Así puedo imaginarme que estoy plantada bajo la poderosa protección de un templo y recibiendo los beneficios de mi fe, porque supuestamente, el esqueleto de una iglesia, debería desplegar su gran poder mediático ante la presencia de Dios.
         Y esta mañana de peregrinación por casa y de invitación a la abstracción percibo que necesito la ayuda del Todopoderoso para, que “no me engulla el vientre oscuro de este gran pasillo” que se ha trasformado en el día de hoy en las fauces abiertas de un enorme dragón que exhala hacia afuera, en vez de fuego, un gran vacío por la abertura de su boca.

martes, 16 de febrero de 2010

ORACIÓN

Y puesto que todo sucedió de golpe:
el amanecer
y la caricia del mundo,
el tiempo acelerado de la mañana
la eterna despedida
de las tardes,
y la llegada
al puerto infalible de la noche;

y puesto que un temblor
avivó el cáncer de las madrugadas
y la plaga inagotable
de la verdad sin compasión;

ya nunca mi cuerpo habrá de recobrar
el engaño de la felicidad
ni  el sueño de la gloria.
Pero será ahora,
cuando suplique, la misericordia de Dios.